niña millonarias fue a ver a su padre a la carcel

El reloj de la pared marcaba las 2:17 de la madrugada.

El viejo ventilador del techo apenas giraba, empujando el aire pesado del cuarto de interrogatorios. Las paredes estaban cubiertas de pintura descascarada y humedad, como si aquel lugar hubiera visto demasiadas historias que nadie quería recordar.

En el centro de la habitación, sentado frente a una mesa metálica fría, estaba el prisionero.

Vestía un uniforme naranja arrugado con un número en la espalda: 4812.

Su rostro estaba cansado. Tenía la barba crecida, los ojos hundidos y las manos temblorosas apoyadas sobre la mesa. Frente a él había una taza de café frío que nadie había tocado.

Dos oficiales lo observaban.

El primero era el detective Ramírez, un hombre de unos cincuenta años, rostro duro, ojos cansados de ver demasiados criminales mentirle. Llevaba las manos en la cintura mientras miraba fijamente al prisionero.

Detrás de él estaba el oficial Brown, alto, corpulento, con los brazos cruzados y una expresión que parecía decir que ya no tenía paciencia para más juegos.

El silencio era incómodo.

Ramírez finalmente habló.

—Vamos a intentarlo otra vez.

El prisionero levantó lentamente la mirada.

—¿Intentar qué? —dijo con voz ronca.

Ramírez dejó caer un expediente sobre la mesa.

El golpe resonó en toda la habitación.

—Decir la verdad.

El prisionero miró el expediente.

Luego miró al detective.

Y sonrió.

Pero no era una sonrisa normal.

Era una sonrisa triste… como si supiera algo que ellos no.

—Ustedes no quieren la verdad —dijo finalmente.

Brown se movió.

—Escucha viejo, llevamos tres horas aquí contigo. Si sabes algo sobre lo que pasó en ese edificio, es mejor que hables.

El prisionero suspiró.

Luego tomó la taza de café… pero no bebió.

Solo la sostuvo entre las manos.

—Si hablo… —dijo lentamente— ustedes no van a salir de este cuarto siendo las mismas personas.

Ramírez se inclinó sobre la mesa.

—¿Eso es una amenaza?

—No.

El prisionero negó con la cabeza.

—Es una advertencia.

El reloj siguió avanzando.

2:19.

Ramírez abrió el expediente.

Dentro había fotografías.

Las deslizó sobre la mesa.

—Tres personas murieron esta noche —dijo—. Un incendio en el edificio Halbrook.

El prisionero miró las fotos.

No parecía sorprendido.

Ramírez continuó.

—Tú estabas allí.

Silencio.

Brown dio un paso adelante.

—¿Quieres explicarnos eso?

El prisionero respiró profundo.

Sus ojos parecían perderse en un recuerdo.

—Yo no provoqué el incendio —dijo.

Ramírez frunció el ceño.

—Entonces dime quién lo hizo.

El hombre levantó lentamente la mirada.

Y dijo algo que hizo que los dos policías se quedaran completamente quietos.

—El incendio… era necesario.

El silencio volvió a caer.

Pero esta vez era más pesado.

Brown golpeó la mesa.

—¡¿Necesario para qué?!

El prisionero tardó unos segundos en responder.

—Para que ellos no escaparan.

Ramírez se cruzó de brazos.

—¿Ellos quiénes?

El hombre miró directamente al detective.

—¿Usted ha escuchado hablar del Proyecto Aurora?

Los dos policías intercambiaron una mirada.

Ramírez volvió a mirar al prisionero.

—No juegues conmigo.

El hombre negó lentamente.

—No estoy jugando.

Luego empujó una de las fotografías hacia el detective.

Era una imagen del edificio en llamas.

—Ese lugar… —dijo— no era solo un edificio.

Brown se inclinó para mirar la foto.

—Entonces ¿qué era?

El prisionero se acercó un poco más a la mesa.

Su voz bajó casi a un susurro.

—Era un laboratorio.

Ramírez frunció el ceño.

—Eso es imposible.

—¿Seguro?

El prisionero señaló una de las ventanas del edificio en la foto.

—Miren bien.

Ramírez tomó la foto y la acercó a la luz.

Había algo extraño en la ventana.

Una sombra.

Pero no parecía una persona.

Parecía algo… deformado.

Brown también lo vio.

—¿Qué diablos es eso?

El prisionero respondió sin dudar.

—El experimento número cuatro.

Los dos oficiales se quedaron congelados.

Ramírez dejó caer la foto.

—Estás loco.

El hombre se inclinó hacia atrás en la silla.

—Ojalá lo estuviera.

El reloj marcó 2:23.

Y entonces…

El prisionero dijo algo que hizo que el ambiente cambiara completamente.

—El problema… —murmuró— es que el experimento no murió en el incendio.

Brown golpeó la mesa con fuerza.

—¡Basta!

Ramírez levantó la mano para detenerlo.

Luego miró al prisionero fijamente.

—Voy a preguntarte algo… y quiero que respondas con la verdad.

El hombre asintió.

—¿Qué salió de ese edificio esta noche?

El prisionero lo miró.

Sus ojos parecían llenos de miedo.

Y finalmente respondió:

—Algo que no debería existir.

En ese momento…

Las luces del cuarto de interrogatorios parpadearon.

Una vez.

Dos veces.

Luego…

Se apagaron completamente.

La habitación quedó en oscuridad.

Brown sacó su linterna.

—¿Qué fue eso?

Desde el pasillo se escuchó un ruido.

Un golpe metálico.

Luego otro.

Ramírez caminó hacia la puerta.

—Voy a ver qué pasa.

Pero antes de abrir…

El prisionero habló desde la oscuridad.

Su voz temblaba.

—Detective…

Ramírez se detuvo.

—¿Qué?

—Si escuchan algo… del otro lado del pasillo…

Silencio.

Luego terminó la frase.

—No abran la puerta.

Brown se rio.

—¿Y por qué haríamos caso a un criminal?

El prisionero respondió con una frase que les heló la sangre.

—Porque eso ya salió del edificio.

Y ahora…

Está en esta prisión.

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