LA ÚLTIMA PUERTA DEL ARCHIVO NOCTURNO

Parte 1 — Entrada Prohibida

El reloj del Palacio Judicial marcaba las 02:17 de la madrugada, una hora absurda para que aún hubiese luces en la planta inferior. Desde hacía semanas, el personal de mantenimiento aseguraba escuchar pasos, murmullos y un chirrido metálico que nadie lograba ubicar. La explicación oficial era simple: climatización vieja, tuberías, el eco del edificio histórico. La explicación no oficial era mucho más incómoda: había alguien o algo moviéndose allí abajo después del cierre.

Cuando la Guardia Nocturna contrató a Martín Argüelles, no lo hicieron por casualidad. Ex detective, 42 años, mirada de perro viejo y paciencia de relojero. Había renunciado a la policía tras un caso que jamás logró cerrar—el asesinato de Teresa Aguado, periodista de investigación, amiga y confidente. Desde entonces, se dedicaba a trabajos discretos donde el uniforme no era requerido y la verdad casi nunca aparecía completa.

La clave está en lo que no se ve, decía siempre Teresa. Llevaba tres años muerto su cuerpo y más vivo que nunca su eco en la mente de Martín.

El subterráneo del Palacio Judicial era un laberinto. Cuando Martín bajó los trece escalones de mármol hacia el corredor A, lo primero que sintió fue un olor extraño: papel viejo mezclado con humedad y, más oculto, algo parecido a ozono, como después de un rayo. El aire vibraba con un zumbido tenue, como si un motor lejano estuviese funcionando a media marcha.

Las cámaras se apagaron a las 01:54 y volvieron a activarse solas quince minutos después —le habían dicho los técnicos del lugar— pero el sistema no registró nada durante ese tiempo. Nada. Ni ruido. Ni sombra. Ni un solo fotograma.

Lo que más inquietaba no era la ausencia de imágenes, sino el hecho de que los servidores habían eliminado los registros voluntariamente. Un sistema no elimina nada “voluntariamente” sin que alguien lo ordene.

Martín avanzó despacio. Cada puerta tenía una placa de bronce envejecido: Archivo Histórico, Archivo de Casos Cerrados, Archivo Penal 1975–2002. Pero la que le interesaba no tenía placa. Estaba al fondo del corredor B, cubierta por una capa de polvo, y tenía un detalle absurdo: tres cerraduras distintas, ninguna conectada entre sí.

Le habían dicho que esa puerta no se abría desde hacía más de diez años. Un funcionario de alto rango había ordenado clausurarla después de que un fiscal desapareciera sin explicación. Según los rumores, esa puerta daba a un archivo que ya no existía en los planos actuales, pero que sí figuraba en los planos de 1959, cuando el palacio aún era sede del Ministerio del Interior.

Cuando se acercó, notó el detalle que cambiaría la noche: una de las tres cerraduras estaba abierta.

Martín no era hombre de creer en casualidades.
Tampoco de ignorarlas.

Sacó su linterna, pero antes de encenderla escuchó el sonido que terminaría de despertarle el pulso:
un susurro detrás de la puerta.

No era un viento. No era una fuga de aire. Era una voz humana, apagada, como si leyera un texto demasiado cerca del micrófono.

Artículo treinta y cuatro, inciso C…
Luego silencio.

El detective se quedó inmóvil, calculando si la voz provenía del otro lado o de alguna especie de resonancia. Entonces sonó algo peor: un golpe seco, como si un archivador metálico hubiese caído.

El primer impulso fue abrir. El segundo, no hacerlo. El tercero, inevitablemente, fue el que eligió.

La puerta cedió apenas un par de centímetros. Suficiente para notar que adentro no había luz. Cuando finalmente empujó del todo, la linterna reveló un pasillo angosto, sin ventanas, con el piso de baldosas blancas amarillentas por el tiempo. A los pocos metros, el corredor se bifurcaba en forma de T. En el extremo derecho, algo brillaba.

Era un portafolios de cuero marrón, totalmente fuera de lugar. Nuevo, impecable y sin polvo, como si lo hubieran dejado hacía minutos. Martín lo recogió con cuidado: estaba frío, pero no tanto como para parecer refrigerado. Tenía una etiqueta metálica con iniciales grabadas con elegancia: T.A.

Teresa Aguado.

La linterna tembló apenas perceptible, no por miedo sino por furia. Nada relacionado con Teresa podía estar en ese archivo… a menos que la versión oficial de su muerte fuese mentira. Y Martín sabía, o al menos temía, que lo era.

Antes de abrir el portafolios, se obligó a escanear el entorno. No había rastro de la voz ni del golpe. Solo la oscuridad y un silencio denso, como si el aire esperara.

Cuando finalmente abrió el portafolios encontró un sobre. Blanco, sin sello y sin destinatario. Dentro, dos hojas:

  1. Una fotografía en blanco y negro, de mala resolución, mostrando un cuarto lleno de archivadores. En el centro, un hombre con el rostro borroso, sentado y esposado a una silla metálica. A primera vista parecía un interrogatorio. Pero había un detalle inquietante: detrás del hombre había una puerta idéntica a la que Martín acababa de abrir.
    Abajo, escrito a mano con tinta azul:
    “15 de abril, 1959 — No abrír después del cierre.”
  2. La segunda hoja era un informe mecanografiado, fechado en 1983, con sello oficial del Ministerio del Interior. El encabezado decía:
    “Proyecto Archivo Nocturno — Acceso Restringido Nivel Rojo.”
    Los nombres de los funcionarios estaban tachados. Todo excepto una línea al final del documento:
    “Responsable: Fiscal J. Aguado.”

A Martín le tardó cinco segundos en unir los apellidos. El padre de Teresa.

No sabía si estaba frente a una casualidad histórica, a una maniobra burocrática o a la razón real por la que su amiga había terminado con un disparo en plena calle Barcelona hace tres años.

Cuando volvió a alzar la linterna hacia la bifurcación del pasillo, el brillo metálico del suelo llamó su atención. Esta vez no era un portafolios.

Era un cartucho de bala recién disparado, aún caliente.

Martín se agachó para recogerlo pero antes de que sus dedos lo tocaran escuchó el segundo sonido que marcaría la noche:

clic.

No era un archivador. Tampoco un mecanismo eléctrico.

Era el seguro de un arma, y venía desde el extremo izquierdo del pasillo.Parte 2 — El Hombre del Pasillo

Martín inclinó la linterna apenas un centímetro hacia la izquierda. No vio a nadie, pero el eco del pasillo tenía algo engañoso: devolvía los sonidos con retraso y en una dirección errática, como si el aire jugara a distorsionarlo todo. El clic del seguro del arma se repitió, esta vez acompañado de una respiración entrecortada.

—Sal de ahí —dijo una voz masculina, ronca y baja—. Pausado. Sin girar.

Martín levantó ambas manos. El pulso no le temblaba. Los años de servicio le habían regalado esa extraña calma que otros confundían con sangre fría.

—No estoy armado —mintió. Su pistola estaba en la funda del tobillo.

—Lo sé —respondió la voz—. Por eso puedes caminar.

Un detalle más: el aire cargado de polvo ocultaba un olor distinto, hierro y pólvora reciente. El disparo que había dejado ese cartucho no había sido hace horas. Había sido hace minutos, quizá segundos.

Martín avanzó despacio hasta quedar frente a la bifurcación. La linterna le iluminó apenas una silueta al fondo del pasillo: un hombre alto, envuelto en una gabardina oscura, rostro medio oculto por la sombra de la capucha.

Si el arma estaba en su mano, no se veía. Y ese detalle inquietaba más que si estuviese apuntando.

—¿Sabe dónde está? —preguntó el hombre.

La pregunta era absurda. Pero la voz no tenía intención de burlarse; tenía una gravedad casi administrativa, como la de un funcionario exigiendo un documento que sabe que no existe.

—Palacio Judicial —respondió Martín—. Subsuelo. Archivo clausurado.

—No —dijo el hombre—. Está en la zona nocturna. No debería haber puertas abiertas ahora.

Martín frunció el ceño. Había escuchado oficiales hablar del Archivo Nocturno como una superstición de burócratas viejos, una metáfora para expedientes imposibles, casos perdidos o historias que ningún juez quería firmar. Pero nunca como algo literal.

—¿Quién demonios es usted? —preguntó.

El hombre no se inmutó.

—La pregunta es al revés. ¿Quién la abrió? Yo la encontré ya sin las tres cerraduras.

Martín sintió un nudo en el estómago. No era miedo. Era coincidencia. Demasiada.

—¿No fue usted?

—Si yo la abro —dijo el hombre— no queda nadie aquí para contarlo.

El tono no era amenazante. Era como si simplemente describiera un procedimiento habitual.

Antes de que Martín pudiera preguntar algo más, una luz se encendió detrás del desconocido, en un cuarto lateral que parecía oculto hasta ese momento. La puerta estaba entreabierta. La luz no era blanca ni amarilla: era una luz gris, sólida, enfermiza, como la de un proyector mal calibrado.

El hombre de la gabardina dio un paso hacia atrás. No para huir, sino para colocarse a un lado del marco de la puerta.

—Si ha entrado hasta aquí —dijo—, ya está implicado. Solo hay dos maneras de salir del Archivo Nocturno: con el caso cerrado o con el expediente añadido.

—¿Añadido a qué?

—A usted —respondió, y señaló el portafolios que Martín aún tenía en la mano—. Eso no estaba ahí hasta hoy.

Martín se acercó un metro más. Suficiente para verlo sin sombras: el hombre tenía unos cincuenta años, piel pálida, barba gris de días, y unos ojos extraños: no hostiles, sino cansados, como si llevara demasiadas noches atrapado en algo que no terminaba.

—¿Qué es el Archivo Nocturno? —preguntó Martín.

—Un proyecto de continuidad —dijo el hombre—. Las cosas que no pueden cerrarse de día, las cosas que no existen oficialmente, se investigan aquí. Casos sin expediente, expedientes sin caso. Información que no se destruye, solo se aplaza.

Martín pensó en Teresa. Pensó en su padre. Pensó en el informe mecanografiado.

La conexión no era evidente, pero estaba ahí, como una sombra que aún no sabe qué forma va a adoptar.

El hombre hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta iluminada.

—Si quiere respuestas, están adentro. Si no las quiere, salga ahora. No hay reproches.

—¿Y si salgo? —preguntó Martín.

El desconocido lo miró como quien sabe el final de una historia que todavía no empieza.

—Si sale, alguien más abrirá la puerta esta noche. Y no todas las noches vienen con opción de elegir.

Martín se quedó en silencio. Teresa habría entrado sin pensarlo. Pero Martín nunca fue Teresa. Era más lento, más terco, más obsesivo. Y tal vez por eso seguía vivo.

Antes de tomar una decisión, hizo la única pregunta que realmente importaba:

—¿Quién abrió la puerta esta vez?

El hombre levantó la vista como si escuchara algo en el piso superior.

—No lo sé. Pero no fue humano.

Antes de que Martín pudiera replicar, un alarido metálico reverberó desde el interior del cuarto iluminado, como si una máquina hubiera cobrado vida después de décadas sin funcionar.

Y algo más inquietante: una voz femenina, apenas audible, reconocible solo para quien la había escuchado reír, llorar y fumar durante horas en una redacción de periódico.

Martín… entra…

Teresa Aguado.

La linterna casi se le cayó de la mano.

Parte 3 — Expediente Vivo (Final)

El nombre de Teresa flotó en el aire como una orden imposible. El pasillo entero pareció contraerse; incluso el hombre de la gabardina inclinó la cabeza, como si escuchara un idioma que hacía años no oía.

Martín cruzó el umbral sin pedir permiso.

La sala iluminada no era una sala: era un archivo circular, donde los archivadores no se alineaban contra las paredes, sino que formaban anillos concéntricos, como los troncos de un árbol petrificado por el tiempo. Cada cajón tenía un pequeño visor de cristal, y detrás de cada cristal, fotos, recortes de diarios, cintas y anotaciones mecanografiadas.

Lo que más inquietaba, sin embargo, no era el orden; era la sensación de actividad. Los cajones vibraban como si algo dentro respirara.

En el centro había una máquina, enorme, rectangular, con bobinas y carretes que giraban a destiempo. Sus luces no parpadeaban: escribían. Una cinta perforada se alimentaba en silencio y salía con patrones impresos.

El hombre de la gabardina se quedó en el acceso.

—Proyecto original del 59 —dijo—. Era un archivo de investigaciones clandestinas. Pero el tiempo… hace cosas a los proyectos que nunca debieron completarse.

Martín respiró hondo.

—Teresa… —susurró.

La máquina emitió un chirrido, y de los altavoces oxidados surgió la voz: no era la voz de una muerta, era la voz de una grabación que parecía editarse en vivo.

Caso Aguado, Teresa — Estado: inconcluso — Solicitud: cierre.

Martín sintió cómo se le tensaban los hombros.
La máquina no describía a Teresa como persona, sino como expediente.

—¿Qué quieren? —preguntó.

El hombre respondió sin moverse:

—Los casos abiertos no soportan el día. Si no se cierran, se vuelven parte del operador. Usted fue el último operador del caso Aguado.

La máquina proyectó imágenes —no sobre una pantalla, sino sobre el aire— como negativos suspendidos.
La escena final: un callejón, un coche, tres disparos, un atacante que jamás se identificó.

Martín sabía lo que venía: el hueco. Lo que nunca logró completar.
El motivo.
El porqué.

La máquina cambió de tono, como si olfateara el recuerdo. En la voz apareció algo nuevo: duda.

Motivo: información sustraída. Documento clave: Informe Aguado (Padre). Estado: Perdido.

Martín apretó el portafolios.

Lo abrió. Dentro, el informe mecanografiado.
El nombre.
La fecha.
El sello del Ministerio.

El hombre de la gabardina finalmente avanzó un paso.

—Eso es lo que buscaba el día que la mataron. No era noticia. Era evidencia. De que el Archivo Nocturno nunca cerró. De que sigue asignando nombres.

Martín puso el documento sobre la superficie de la máquina.
Las bobinas lo devoraron con una suavidad casi quirúrgica.

La luz gris aumentó, llenando el archivo.
Las voces se superpusieron: fiscales, ministros, periodistas, interrogadores.
El aire tembló como si el tiempo estuviera editándose.

Luego, la voz final:

Caso Aguado, Teresa — Estado: cerrado — Operador liberado.

Martín sintió un dolor seco en el pecho. No como un ataque, sino como una carga que finalmente se soltaba. La máquina expulsó un expediente nuevo, con fecha del día.

Lo abrió.

Caso: Aguado, Teresa
Operador: Argüelles, Martín
Resultado: Muerte por intervención de terceros
Motivo: Protección de información
Responsables: Clasificado
Notas: Tendencia a reapertura — evitar contacto futuro

No era justicia.
No era verdad completa.
Pero era cierre, y en el Archivo Nocturno, al parecer, eso tenía valor.

La máquina apagó sus luces. Los cajones dejaron de vibrar. El archivo respiró hondo por última vez… y entonces todo quedó en silencio.

El hombre de la gabardina extendió la mano hacia la puerta por la que habían entrado.

—Ya puede salir. No todos los operadores lo logran.

Martín lo miró.

—¿Y usted?

—Ya no tengo caso. Solo turno.

Al cruzar el umbral, el portafolios ya no pesaba. El pasillo volvió a ser pasillo. La puerta tenía otra vez las tres cerraduras. Y esta vez, todas cerradas.

En el ascensor del Palacio Judicial, el reloj marcaba 06:01.
El día volvía, indiferente.
La ciudad también.

Martín encendió un cigarrillo que había jurado no volver a tocar.

Cuando exhaló el humo, dijo en voz baja, como quien dicta una nota final:

Caso Aguado: cerrado. Pero no olvidado.

Y salió a la calle antes de que el edificio decidiera lo contrario.

FIN

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