La Última Carta de Abril
Abril tenía 17 años y una sonrisa que se escapaba incluso en los días malos. Era la segunda hija de una familia común en un barrio donde el ruido y el olor a comida frita se mezclaban con los chismes y las risas. Su madre, Lucía, trabajaba limpiando en una clínica; su padre, Julián, hacía repartos en una moto que a veces fallaba, a veces rugía, y a veces parecía tener más fe que gasolina.
Abril tenía un sueño que parecía demasiado grande para su barrio: quería ser escritora. No famosa, no millonaria —al menos eso decía—, solo alguien capaz de contar lo que la gente sentía y no se atrevía a decir. Llevaba una libreta azul donde escribía frases, diálogos, ideas, escenas que nadie más entendía. Su hermana mayor decía que eso no iba a dar de comer. Su madre decía que el talento también era un don de Dios. Su padre decía que lo importante era que no dejara de soñar.
Pero la vida, a veces, hace pausas bruscas donde nadie ha pedido un descanso.
Todo comenzó con una tos. Primero seca, luego persistente. Abril no le dio importancia. Era el último mes de clases del colegio, estaban preparando la graduación, el vestido blanco, los ensayos del himno, las fotos que la gente subiría a redes pensando en el futuro. Había demasiadas cosas que sentir, que vivir, para darle espacio a un síntoma cualquiera.
Pero cuando la tos vino acompañada de un cansancio raro, de esos que hacen pesados hasta los pensamientos, su madre la llevó a la clínica. Abril escribió ese mismo día:
“La gente cree que los cuerpos se rompen de golpe, pero creo que se rompen lento, como una taza que va llenándose de grietas invisibles.”
Los médicos pidieron estudios. Primero simples, luego más profundos. Luego vino el silencio. Ese silencio que sólo existe en pasillos de hospital, cuando los médicos hablan bajito y los familiares miran fuerte tratando de leer algo en los ojos profesionales.
La palabra leucemia llegó como un ladrón sin máscara. No gritó, no hizo ruido. Solo se sentó en el pecho de la familia.
Abril no entendió al principio. Uno cree que las enfermedades graves son escenas de películas, de otras personas, de otros mundos. Pero no estaba en ninguna película. Estaba allí, con su madre llorando a escondidas en el baño, su padre mirando cuentas y horarios, y su propia vida tomando otro ritmo.
Los tratamientos comenzaron. El cabello, la piel, la fuerza, todo empezó a cambiar. A veces parecía que la enfermedad quería enseñarle cosas, no quitarle. En una de sus páginas escribió:
“Hay días en los que siento que el cuerpo se me vuelve pesado, pero el alma se me pone liviana. Como si estuviera aprendiendo algo que antes no sabía.”
El colegio le enviaba tareas digitales. Sus amigas le mandaban fotos y audios. Hubo quienes se alejaron porque no sabían qué decir. La gente no siempre sabe cómo acompañar el dolor; no a propósito, simplemente no sabe.
Los médicos hablaban de probabilidades. Ella hablaba de historias. Porque a pesar del cansancio, escribió más que nunca. Historias inventadas, pensamientos profundos, sueños todavía intactos.
Había una enfermera joven llamada Victoria que tenía la habilidad de sonreír incluso llevando malas noticias. Fue ella quien le dijo un día:
—Tú debes tener algo muy importante que contar. Se te nota en los ojos.
Abril respondió:
—Quisiera contar algo que valga la pena.
Victoria le dijo:
—Lo importante ya vale la pena. Falta decidir qué haces con eso.
Los meses pasaron. El tratamiento funcionaba, luego dejaba de funcionar, luego parecía funcionar de nuevo. Era como caminar en un camino que se movía.
Su familia hizo rifas, vendió cosas, pidió ayuda en redes. El barrio entero colaboró. La gente tiene defectos, pero cuando el dolor golpea a los suyos, la solidaridad aparece de donde menos esperas.
Un año pasó así, entre ingresos, altas, recaídas y esperanzas. Hasta que un día, después de una noche con fiebre y un amanecer triste, los médicos dijeron la frase que ninguna familia quiere escuchar:
—No hay mucho más que podamos hacer.
El mundo podría haberse roto entonces, pero Abril escribió:
“La vida no se trata de cuánto tiempo tienes, sino de qué haces con ese tiempo. Y yo he tenido suficiente para entender que sentir es importante.”
El padre de Abril quiso buscar tratamientos en otro país. La madre quiso rezar más fuerte. La hermana quiso callar el dolor. Cada uno tiene su forma de pelear contra lo inevitable.
Pero Abril, en cambio, quiso escribir una última historia.
Una para después.
No para los médicos. No para la enfermedad. Ni siquiera para ella misma. Era para su familia, para su barrio, para quien algún día sintiera miedo o tristeza. Comenzó a escribirla en hojas sueltas, en libretas, en recibos, en servilletas del hospital. Era una historia sobre el valor de vivir, sobre entender el amor en los detalles pequeños, sobre aprender que la vida no es larga ni corta: solo es.
Victoria, la enfermera, encontró un día todas las hojas desordenadas. Fue ella quien comenzó a armarlas como si fueran un rompecabezas. Cada página tenía una emoción distinta.
“No quiero que me recuerden por haber estado enferma. Quiero que me recuerden por las ganas que tenía de estar viva.”
Abril partió una tarde de febrero, mientras la luz entraba por la ventana y su madre le acariciaba el cabello corto. Su padre estaba allí, su hermana también, y Victoria, llorando en silencio.
Pero la historia no terminó ahí.
Porque unas semanas después la madre encontró una carta dirigida a ellos. Estaba dentro de la libreta azul que siempre la acompañó. Decía:
“No llores porque me fui. Llora porque me amaste, y eso es prueba de que valió la pena.
No digas que fui fuerte. No lo fui siempre. A veces tuve miedo. A veces quise rendirme. A veces me dolió. Pero aun así desperté cada día para intentarlo. Y eso es suficiente para llamarlo coraje.”
“Si el tiempo fuera infinito nadie valoraría nada. Yo tuve el privilegio de saber que el mío tenía límites, y por eso dije más ‘te quiero’, escuché más, miré más, sentí más.”
“Cuando leas esto, quiero que recuerdes que nunca estuve sola. Tu amor fue mi casa, incluso cuando la enfermedad me la quitaba.”
“No guardes mis cosas como quien guarda recuerdos. Guárdalas como quien guarda semillas. Las historias que escribí y las que no pude terminar… dónalas al mundo. Tal vez alguien, algún día, descubra algo allí que le salve el corazón.”
“Gracias por ser mi familia. Gracias por enseñarme que amar también es una forma de vivir.”
—Con amor, Abril.”
Un año después, el padre imprimió todas las páginas desperdigadas de la última historia y la encuadernó. La llamó “La Vida Pequeña” porque así decía el primer capítulo.
Un editor local la vio en una feria de barrio y quedó impresionado. No por la forma, sino por la verdad.
El libro se publicó. No se hizo mundialmente famoso, no se vendió en miles de países. Pero tocó a gente. Y eso era exactamente lo que Abril quería.
Cada lector encontraba algo distinto en sus frases. Algunos encontraban valentía. Otros amor. Otros consuelo. Otros simplemente lloraban porque la historia, sin proponérselo, se parecía a su vida.
Victoria —la enfermera— guardó la primera copia. En la contraportada escribió:
“A veces los héroes no llegan a adultos. A veces solo llegan hasta donde necesitan para enseñarnos algo.”
Hoy, en un mural del colegio, hay una frase que Abril escribió sin saber que sería recordada:
“No vivimos para siempre. Pero podemos hacer que algo de nosotros sí.”
Y así, la última carta de Abril se volvió muchas cartas para muchos corazones.
Y su historia —como ella quiso— valió la pena.