La niña que coleccionaba amaneceres
A los ocho años, Lucía Moreno descubrió que el mundo no comenzaba cuando los adultos despertaban, sino mucho antes, cuando el cielo apenas se teñía de luz y el silencio seguía gobernando las calles. Fue en uno de esos amaneceres cuando decidió, sin que nadie se lo pidiera, comenzar a coleccionarlos.
Vivía en un pequeño pueblo rodeado de montañas suaves, ríos tímidos y árboles que se mecían como si custodiaran secretos antiguos. Su casa quedaba en lo alto de una colina, desde donde se veía el horizonte con claridad suficiente para observar cómo el día nacía. Mientras sus padres dormían y el resto del pueblo soñaba, Lucía subía a escondidas al tejado, llevando una manta y una libreta. Allí esperaría a que el cielo estallara en colores.
Para cualquiera, un amanecer era simplemente el inicio del día. Para Lucía era un espectáculo irrepetible, un episodio único que jamás se repetiría igual. Porque aunque el Sol siempre volviera a levantarse, nunca lo haría del mismo modo. A veces se teñía de naranja, otras de rosa, y otras de un azul tan tenue que daba miedo respirarlo.
Al principio, su colección consistía únicamente en dibujos y palabras. Dibujaba el cielo con crayones gastados y escribía notas pequeñas como: “Hoy el Sol fue tímido”, “Hoy el cielo olía a pan recién hecho”, o “Hoy el mundo tardó más en despertar”. No sabía de poesía ni pretendía escribirla, pero la poesía brotaba de ella sin esfuerzo.
Con el tiempo, su ritual comenzó a transformarse. Lucía llevaba consigo una pequeña cámara que había pertenecido a su abuelo. Era vieja, pesada y ruidosa, pero inmortalizaba el momento con una belleza que ningún teléfono hubiera logrado. Cada amanecer quedaba atrapado en una fotografía que guardaba en cajas etiquetadas por meses y años.
Los adultos no entendían lo que hacía. Su madre le preguntaba para qué despertaba tan temprano si podía dormir como cualquier niña. Su padre le decía que los amaneceres no se guardaban como estampillas y que eso no la llevaría a ninguna parte. Los vecinos la observaban con curiosidad y la etiquetaban de soñadora, como si soñar fuera una enfermedad que tarde o temprano debía corregirse.
Pero Lucía no coleccionaba amaneceres para ser entendida, sino para no olvidar. Sentía que el mundo crecía demasiado rápido, que la gente se transformaba antes de que uno pudiera darse cuenta y que los recuerdos se desvanecían con una facilidad injusta. Para ella, los amaneceres eran una forma de detener el tiempo sin necesidad de relojero.
Pasaron los años y Lucía creció. Entró al instituto, luego a la universidad, luego al mundo. No abandonó su colección, pero el ritmo cambió. Ya no podía subir al tejado todos los días; las responsabilidades se interponían como nubes densas. Aun así, encontraba amaneceres cuando viajaba, cuando amaba, cuando lloraba o cuando simplemente necesitaba recordar quién era.
En uno de esos amaneceres conoció a Tomás, un joven periodista que se encontraba fotografiando el paisaje para un reportaje sobre turismo rural. Ella estaba sentada en la colina, con la cámara de su abuelo en las manos. Tomás se acercó intrigado y le preguntó qué hacía allí a esa hora. Lucía respondió sin dramatismo:
—Colecciono amaneceres.
Él soltó una risa ligera pero no burlona. Parecía más fascinado que incrédulo.
—¿Para qué querría alguien coleccionar algo que nadie puede quedarse?
Lucía levantó la vista, y sin pensarlo demasiado contestó:
—Para no olvidar que siempre hay un comienzo.
Tomás quedó en silencio. Aquella respuesta lo acompañó durante días. Desde entonces comenzaron a encontrarse, no siempre de manera planeada. A veces coincidían en el mismo punto del horizonte, otras se buscaban sin admitirlo. Sin planearlo, terminaron coleccionando amaneceres juntos.
El vínculo fue creciendo sin prisa, como la luz que atraviesa la montaña antes de bañar la tierra. Hablaron de periodismo, de literatura, de sueños y de miedos. Tomás viajaba mucho por trabajo, y cada vez que regresaba le traía un amanecer capturado en otra parte del mundo: en la playa, en la nieve, en aeropuertos, en ciudades que despertaban antes que él. Lucía los guardaba como quien guarda cartas de amor.
Con el tiempo formaron una pequeña vida juntos en la casa de la colina. Él con su curiosidad insaciable; ella con su sensibilidad para leer el cielo. No se casaron, no hicieron promesas eternas, no sintieron la necesidad de que el mundo aprobara su forma de amar. Lo único sagrado eran los amaneceres.
Hasta que un día, sin aviso, la vida cambió de dirección.
Tomás fue enviado a cubrir un reportaje en un país al otro lado del océano. Era una oportunidad importante, de esas que la gente no rechaza. Se marchó con la promesa de volver en unos meses. Durante un tiempo escribió cartas, mandó fotografías, incluso grabó pequeños audios donde narraba cómo se veía el día desde otras ciudades.
Luego, las cartas comenzaron a espaciarse. Después, llegaron menos fotografías. Finalmente, llegaron solo silencios. Lucía no quiso preocuparse al principio; sabía que el tiempo del mundo no era el mismo que el tiempo del amor. Pero los meses se volvieron años, y los amaneceres se llenaron de preguntas sin respuesta.
Mientras el mundo seguía avanzando, Lucía volvió a coleccionar amaneceres en soledad. Ya no tenían el mismo sabor, pero seguían siendo necesarios. Cada uno era la confirmación de que el día volvía a empezar sin importar cuán abruptamente terminara el anterior.
Una mañana, mientras revisaba sus cajas de recuerdos, encontró un sobre que nunca había abierto. Estaba fechado dos años atrás. Dentro había una fotografía de un amanecer dorado, capturado en un puerto lejano. Detrás, Tomás había escrito:
“No sé cuánto tardes en abrir esta carta, pero cuando lo hagas quiero que recuerdes que el amanecer siempre vuelve. A veces desde muy lejos.”
Lucía lloró sin contención. No por tristeza, sino porque entendió que el amor no desaparece: se transforma.
Años después, el mundo cambió de nuevo. La tecnología avanzó, el pueblo creció, y la vida de Lucía se volvió más tranquila. Nunca dejó la colina; nunca dejó la cámara; nunca dejó de mirar el horizonte. La gente empezó a conocerla como la mujer que coleccionaba amaneceres, y sin darse cuenta, su costumbre se volvió un testimonio. Niños, viajeros y artistas subían a la colina a verla trabajar. Algunos querían aprender a mirar. Otros solo querían recordar cómo se empieza un día.
Cuando cumplió setenta años, su historia se volvió noticia. Un periodista escribió un reportaje titulado “La mujer que guardó mil amaneceres”. Ella sonrió, porque eran muchos más que mil, pero no corregiría a nadie: nadie necesitaba saberlo todo.
Tiempo después, sintiendo que su cuerpo se cansaba, decidió organizar su colección. Clasificó fotografías, anotaciones, dibujos y grabaciones en cajas de madera. Cada caja representaba una etapa de su vida: infancia, juventud, amor, pérdida, madurez. No era nostalgia; era orden.
En la última caja, dejó un espacio vacío. Encima escribió: “El próximo”.
La mañana siguiente, el pueblo se despertó antes de tiempo. La colina estaba llena de personas mirando el horizonte. La cámara descansaba sobre la manta. El Sol comenzaba a nacer, como siempre. Pero Lucía no estaba.
No se sabe cómo murió ni a qué hora. Algunos dicen que se fue mientras dormía, otros que se fue viendo el amanecer. Nadie lo pudo asegurar.
Lo que sí quedó claro fue que aquel amanecer fue el más hermoso que el pueblo vio en décadas. El cielo ardió en tonos naranjas, rosados y dorados. El aire estaba limpio. El silencio era perfecto.
Desde ese día, la colina se convirtió en un lugar donde la gente subía a recordar que el día siempre vuelve. Los padres llevaban a los hijos para enseñarles a empezar. Los viajeros dejaban fotos de amaneceres en cajas improvisadas. Los artistas pintaban, los poetas escribían, y los enamorados se besaban sin miedo al reloj.
Las cajas de Lucía pasaron a un pequeño museo local. No había entrada ni guía. Solo fotografías, notas y dibujos. En la última vitrina, estaba la caja del “Próximo”, aún vacía. Fue entonces cuando alguien decidió colocar allí una fotografía más: un amanecer reciente, capturado por un niño de nueve años con una cámara que le había prestado su abuelo.
El ciclo continuaba.
Y así, Lucía demostró que no coleccionaba amaneceres para guardarlos, sino para enseñarle al mundo que el comienzo importa. Que cada día trae una oportunidad distinta. Que la vida, por más larga o corta que sea, nunca deja de nacer.