La mujer que vino a despedirse

Parte 1

Corrí hacia la puerta de servicio con el corazón desbocado, sintiendo cómo la sangre me golpeaba en los oídos. El patio estaba silencioso, demasiado silencioso para una casa que normalmente vibraba con los ruidos del día: el canto lejano de los pájaros, el motor de algún coche pasando por la avenida, el murmullo del viento entre los árboles. Pero en ese instante, todo parecía haberse detenido.

Y entonces lo vi.

En el suelo, justo al lado del viejo limonero, yacía el bolso de María.

Era el mismo bolso marrón de cuero gastado que llevaba todos los días desde hacía años. Reconocí de inmediato la mancha oscura en una esquina, recuerdo de una vez que se le derramó café camino al trabajo. Estaba ahí, tirado como si alguien lo hubiese dejado caer con cuidado… no lanzado, no olvidado al azar.

Me agaché lentamente, como si temiera que el simple hecho de tocarlo pudiera hacer desaparecer la realidad que me rodeaba. Al abrirlo, mis manos empezaron a temblar.

Dentro estaba todo:
su billetera con la cédula,
un rosario de cuentas blancas,
un pañuelo bordado con la letra “M”,
y una pequeña foto doblada en cuatro.

La saqué con cuidado. En la imagen aparecía María, mucho más joven, abrazando a una niña de unos seis o siete años. Ambas sonreían a la cámara. Detrás, escrito con tinta azul, se leía:

“Para que nunca me olvides. Con amor, Lucía.”

Un escalofrío me recorrió la espalda.

—Esto no puede estar pasando… —murmuré, sintiendo cómo las piernas me fallaban.

Si María había muerto en el accidente hacía dos horas, ¿cómo era posible que su bolso estuviera allí, en mi patio? ¿Cómo había entrado a la casa? ¿Cómo había hablado conmigo, mirado a los ojos, tocado mi hombro?

Un recuerdo me golpeó de repente, claro y perturbador: la sensación de frío. No era normal. En ese momento no le di importancia, pero ahora… ahora entendía que aquel frío no era de este mundo.

—Jorge… —la voz de mi esposa me sacó del trance.

Ella estaba parada en la puerta, abrazándose a sí misma, con los ojos enrojecidos y llenos de terror. Miraba el bolso en mis manos como si fuera una serpiente.

—Eso… eso es de ella, ¿verdad? —susurró.

Asentí sin poder hablar.

Mi esposa rompió en llanto.

—Yo la vi esta mañana —dijo entre sollozos—. Me sonrió cuando bajé las escaleras. Pensé que ya se había ido al trabajo, como siempre…

Nos miramos en silencio. En ese instante, ambos comprendimos lo mismo: María no solo se había despedido de mí. Había venido a despedirse de la casa… de nosotros.

Los niños bajaron poco después, atraídos por el ruido y el ambiente extraño. Al verlos, sentí un nudo en la garganta.

—¿Dónde está María? —preguntó el menor—. No me dio el beso de siempre.

Mi esposa se llevó la mano a la boca para no gritar.

—Suban a sus cuartos —les dije con una voz que no reconocí como mía—. Ahora.

Esa noche, ninguno de nosotros pudo dormir.

A las tres de la madrugada, la casa crujió como si alguien caminara por el pasillo. Escuché pasos suaves, conocidos. El mismo ritmo lento y cuidadoso de siempre.

Mi corazón casi se detuvo cuando oí una voz baja, dulce, inconfundible, proveniente del cuarto de los niños:

—Duerman tranquilos… yo los voy a cuidar un poquito más.

Me levanté de la cama empapado en sudor.

Sabía que si abría esa puerta, nada volvería a ser igual.

Y aun así… caminé hacia ella.Parte 2

Me detuve frente a la puerta del cuarto de los niños con la mano suspendida en el aire. Del otro lado ya no se escuchaba nada. Ni pasos. Ni voz. Solo ese silencio espeso que parece tener peso, como si aplastara el pecho.

Respiré hondo y giré el picaporte.

El cuarto estaba exactamente como lo habíamos dejado: las camas bien tendidas, los juguetes ordenados, las cortinas moviéndose apenas por la brisa que entraba desde la ventana entreabierta. Los niños dormían profundamente, con expresiones tranquilas, ajenos al terror que me recorría por dentro.

Pero el aire…
El aire estaba helado.

Sentí ese mismo frío que horas antes me había atravesado cuando María apoyó su mano sobre mi hombro. No cabía duda: ella había estado allí.

Me acerqué a la cama del mayor y le acomodé el cabello con cuidado. Estaba tibio, vivo. Tragué saliva y me obligué a retroceder. No quise quedarme más tiempo. Algo dentro de mí sabía que no debía provocar, que no debía llamar su atención.

Cerré la puerta despacio y volví a la habitación.

Mi esposa estaba sentada en la cama, con las rodillas abrazadas al pecho, los ojos abiertos de par en par.

—¿La oíste? —me preguntó sin rodeos.

Asentí.

No dijimos nada más. No hacía falta. Había cosas que las palabras no podían explicar sin romperse en el intento.


A la mañana siguiente, el sol entró por las ventanas como si nada hubiera ocurrido. El mundo seguía su curso normal, cruelmente indiferente a nuestro horror.

Decidimos llevar a los niños a casa de mi cuñada. No quería que estuvieran allí. No mientras no entendiéramos qué estaba pasando.

Cuando la casa quedó vacía, el silencio se volvió aún más insoportable.

—Tenemos que saber quién era realmente María —dijo mi esposa, rompiendo por fin el mutismo—. Hay algo que nunca nos contó.

Y tenía razón.

María había trabajado con nosotros casi quince años. Llegó recomendada por una vecina, callada, educada, siempre puntual. Nunca hablaba de su pasado. Nunca recibía visitas. Nunca se tomaba vacaciones largas. Su vida parecía limitarse a nuestra casa y al trayecto diario en autobús.

Demasiado perfecta. Demasiado ordenada.

Tomé el bolso que había encontrado en el patio y lo puse sobre la mesa del comedor. Lo abrimos con cuidado, como si se tratara de una reliquia.

Además de lo que ya había visto, encontramos un pequeño cuaderno de tapas negras, escondido en un doble fondo. No tenía título. Solo páginas amarillentas, llenas de una letra prolija y antigua.

Empecé a leer en voz alta.

“Hoy Lucía volvió a llorar. Dice que le duele el pecho cuando duerme. Le recé a la Virgen toda la noche para que no me la quite.”

Mi esposa se llevó la mano al corazón.

Pasé la página.

“El médico dijo que no hay dinero para tratamiento. Que me prepare. ¿Cómo se prepara una madre para enterrar a su hija?”

Sentí un nudo en la garganta.

—Ella tuvo una hija… —susurró mi esposa—. Nunca nos lo dijo.

Seguimos leyendo.

“Lucía se fue esta madrugada. No gritó. No lloró. Solo me miró y me pidió que no la dejara sola.”

La letra se volvía temblorosa a partir de ahí.

“Prometí cuidarla siempre. Incluso después.”

Dejé caer el cuaderno sobre la mesa.

—Esto no es normal —dije—. No es solo un fantasma que se despide.

En ese momento, algo cayó al suelo en la cocina.

Nos sobresaltamos.

—¿Oíste eso? —preguntó mi esposa.

Asentí.

Fuimos juntos, paso a paso, conteniendo la respiración.

El rosario de María estaba tirado frente al fregadero, balanceándose suavemente, como si alguien lo acabara de soltar.

—Ella quiere que sepamos —murmuró mi esposa—. Quiere que entendamos.

Entonces la escuchamos.

Un llanto.

No era fuerte. No era desesperado. Era un llanto infantil, apagado, que parecía venir de muy lejos… o de muy adentro.

El sonido provenía del cuarto de servicio.

Ese cuarto había sido siempre territorio de María. Allí dormía cuando se quedaba hasta tarde. Allí guardaba sus pocas pertenencias. Nunca entrábamos sin avisar.

Hasta ahora.

Abrí la puerta.

El llanto cesó al instante.

La habitación estaba más fría que el resto de la casa. En la pared, justo sobre la cama, había algo que nunca antes habíamos visto.

Un dibujo.

Hecho con lápiz, torpe, infantil.

Una mujer tomada de la mano de una niña. Ambas estaban de pie frente a una casa grande. Nuestra casa.

Debajo, con letras mal formadas, alguien había escrito:

“Mamá prometió no irse.”

Mi esposa cayó de rodillas.

—Ella no se fue… —dijo entre lágrimas—. Murió sin poder cumplir su promesa.

Y entonces entendí.

María no había venido a despedirse.

Había venido a cumplir algo pendiente.

El aire se volvió aún más helado.

Detrás de nosotros, una voz suave susurró:

—Gracias por dejarme volver.

Nos giramos al mismo tiempo.

María estaba de pie en la puerta.

Pero ya no era la misma.

Sus ojos estaban hundidos, su piel translúcida, y detrás de ella, aferrada a su falda, había una niña pálida, de mirada triste.

—No se preocupen —dijo María con una sonrisa que ya no era humana—. Solo necesito un poco más de tiempo.

Las luces parpadearon.

Y la puerta se cerró de golpe.

Parte 3 y Final

La puerta se cerró con un golpe seco que hizo vibrar toda la casa. Las luces se apagaron de inmediato, sumiéndonos en una oscuridad absoluta. Mi esposa gritó mi nombre, y yo la tomé de la mano con fuerza, como si eso pudiera anclarla a este mundo.

—María… —dije en voz alta, sin saber por qué—. ¿Qué quieres de nosotros?

No hubo respuesta inmediata. Solo ese frío antinatural que se filtraba por el suelo, por las paredes, por nuestros huesos. Era como si la casa estuviera respirando algo muerto.

De pronto, una vela se encendió sola sobre la mesa del comedor.

Luego otra.

Y otra más.

El comedor quedó iluminado por una luz temblorosa y amarillenta. En el centro, el cuaderno de María estaba abierto por una página que no recordábamos haber leído.

La letra era distinta. Más firme. Más reciente.

“Prometí no dejarla sola. Pero los muertos también se cansan.”

Mi esposa soltó un sollozo.

—Ella está atrapada —susurró—. Y la niña también.

Un paso se oyó en el pasillo.

Luego otro.

No corrí. No grité. Sabía que huir no servía de nada.

María apareció lentamente, como emergiendo de la penumbra. La niña seguía allí, pero ahora su rostro era más claro. Tenía los ojos enormes, llenos de una tristeza tan profunda que dolía mirarla.

—No quería asustarlos —dijo María—. Esta casa fue lo más parecido a un hogar que tuve después de perderla.

—¿Por qué aquí? —pregunté—. ¿Por qué nosotros?

María bajó la mirada.

—Porque ustedes sí la querían… aunque no lo sabían.

La niña dio un paso al frente.

—Yo jugaba aquí —dijo con voz apagada—. Mamá trabajaba, pero yo no estaba sola.

Entonces lo recordé.

Los juguetes que a veces aparecían fuera de lugar. Las risas suaves que atribuíamos al viento. Las noches en que los niños decían que alguien los arropaba.

—Lucía… —murmuré.

La niña asintió.

—Cuando morí, mamá no me dejó ir —continuó—. Me trajo con ella. Me escondió. Me prometió cuidarme.

María se llevó las manos al pecho.

—Pero las promesas también pesan —dijo—. Y yo ya no tengo fuerzas.

El silencio se volvió insoportable.

—¿Qué necesitas? —preguntó mi esposa, con una valentía que me rompió el alma.

María nos miró por última vez como la mujer que había sido.

—Un reemplazo.

Sentí que el mundo se detenía.

—No… —dije—. No puedes pedirnos eso.

—No lo pedí —respondió con tristeza—. Solo vine a avisar.

Las paredes empezaron a crujir. Los relojes se detuvieron. Desde el piso superior se escucharon risas infantiles… demasiadas.

—Si no me ayudan a descansar —dijo María—, la casa lo hará por mí.

La niña comenzó a llorar.

—Yo no quiero quedarme sola otra vez.

Mi esposa cayó de rodillas.

—Llévame a mí —dijo sin mirarme—. Si alguien debe quedarse, que sea yo.

—¡No! —grité—. ¡Ni lo pienses!

María se acercó lentamente.

—El sacrificio debe ser voluntario —susurró—. Y debe ser puro.

La casa tembló.

En ese instante entendí algo terrible: María no era el peligro.
El peligro era la promesa rota.
La casa se había convertido en un ancla.
Y si nadie liberaba a la niña, la casa se cobraría lo que quisiera.

Miré el rosario sobre la mesa.

—¿Y si la dejamos ir? —pregunté—. ¿Y si cumplimos la promesa de otra forma?

María me miró confundida.

—Prometí no dejarla sola.

Tomé aire.

—No es lo mismo que encadenarla.

La niña levantó la cabeza.

—¿Puedo descansar… como tú, mamá?

María se quebró.

Cayó de rodillas, llorando por primera vez desde que la conocíamos.

—Perdóname… —sollozó—. Te tuve tanto miedo de perder que te perdí de verdad.

La casa lanzó un gemido profundo, como un animal herido.

Las velas se apagaron todas al mismo tiempo.

Y entonces ocurrió algo que nunca olvidaré.

Lucía soltó la mano de su madre.

Por primera vez, el frío desapareció.

La niña sonrió.

—Gracias por cuidarnos —nos dijo—. Ya no duele.

Una luz suave envolvió a ambas. No fue violenta ni aterradora. Fue triste… y hermosa.

María nos miró una última vez.

—Gracias por dejarme descansar —dijo—. Cuide mucho a los niños, don Jorge.

Y se fueron.

La casa quedó en silencio.

Un silencio normal.


Epílogo

Vendimos la casa seis meses después.

No podíamos quedarnos allí, aunque ya no pasaba nada extraño. A veces, sin embargo, cuando cierro los ojos, recuerdo el frío… y la sonrisa de María.

Antes de irnos, encontramos algo nuevo bajo el limonero.

Un dibujo.

Una mujer y una niña alejándose de una casa.

Debajo, escrito con letra firme, adulta:

“Las promesas también pueden soltarse.”

Nunca volvimos a hablar de ello.

Pero cada noche, cuando arropo a mis hijos, siento una paz extraña.

Como si alguien más, muy lejos, por fin estuviera descansando.

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