La fuerza de Mariela
Mariela vivía en un pequeño barrio de Santiago de Cuba, en una casita de madera con techo de zinc que sonaba como tambor cuando llovía. Tenía dos hijos, Daniel y Camila, y un salario que apenas alcanzaba para arroz, frijoles y aceite cuando había suerte.
Cada mañana hacía filas largas para conseguir lo que pudiera y por las noches cosía ropa ajena con una máquina vieja que heredó de su abuela. Su mayor sueño era que sus hijos estudiaran y que nunca conocieran el miedo a la escasez como ella.
Un día, una vecina le pidió que le arreglara un vestido para una fiesta. Mariela, con paciencia y talento, transformó aquel vestido en algo tan hermoso que llamó la atención de muchas más mujeres en el barrio. En poco tiempo, su sala se convirtió en un pequeño taller improvisado.
Las clientas llegaban con telas, ideas y deseos, y Mariela les devolvía belleza. Con lo que ganaba, compró una máquina un poco mejor, luego otra. A los dos años ya tenía un pequeño taller formal, con un cartel hecho a mano que decía “Creaciones Mariela”.
Mientras sus manos cosían, sus hijos estudiaban. Primero Camila logró entrar a la universidad, luego Daniel. “Si mami pudo sin nada, yo también puedo”, decían.
Cuando la situación mejoró, Mariela empezó a enseñar costura a otras mujeres del barrio, sobre todo madres solas como ella. Les decía:
“La pobreza no se quita de un día para otro, pero cada puntada es un paso.”
Con el tiempo, su taller se volvió conocido más allá del barrio. Pasó de coser a mano vestidos para fiestas locales, a hacer diseños para tiendas en La Habana. Y aunque nunca se volvió millonaria de revista, sí consiguió algo más grande: dio dignidad a su vida, a la de sus hijos y a la de muchas otras mujeres.
Años después, cuando le preguntaron cuál había sido su riqueza, ella respondió:
“Mis hijos y mi oficio. Lo demás lo trae el tiempo.”