LA CASA DE LAS LUCES ENCENDIDAS

(Historia larga | Inspiración | Drama humano | Reflexión profunda)

La primera vez que Tomás vio la casa de las luces encendidas fue una noche de lluvia intensa. Caminaba apresurado, tratando de cubrirse con una chaqueta vieja que ya no podía protegerlo del frío. Tenía veinte años, un cansancio que parecía de cuarenta y una vida que se sentía más pesada de lo que él estaba preparado para cargar.

Era tarde. Las calles del barrio estaban prácticamente vacías. Y justo cuando pasó frente a aquella casa, una luz cálida iluminó la acera mojada. No era una luz común. No era blanca ni amarilla; tenía algo más, una especie de suavidad que invitaba a detenerse.

Tomás se quedó mirando por un instante. Las cortinas estaban entreabiertas y, desde afuera, podía verse la sombra de alguien moviéndose con calma, como si estuviera preparando algo. La lluvia golpeaba con fuerza el pavimento, pero de aquella casa parecía emanar una sensación de refugio que contrastaba con todo lo demás.

No tocó la puerta. No se acercó. Solo siguió caminando.

Pero la imagen quedó guardada.


Durante las siguientes semanas, Tomás pasaba cerca del lugar cada vez que podía. La casa siempre estaba iluminada por dentro, sin importar la hora. A veces de madrugada, a veces al atardecer. Siempre con ese brillo cálido que le generaba una extraña paz.

Él vivía en un cuarto alquilado y trabajaba en una bodega cargando cajas. No tenía familia cerca. Su madre había muerto cuando él tenía dieciséis, y su padre se había ido mucho antes de que pudiera formar recuerdos claros. Era un joven callado, de mirada triste, que aprendió a valerse solo demasiado temprano.

Por eso, aquella casa tan viva, tan despierta, tan distinta de las suyas anteriores, lo intrigaba profundamente.

Una noche, mientras avanzaba por la calle casi vacía, escuchó un ruido fuerte. Un golpe seco, como si algo hubiese caído. Provenía precisamente de la casa de las luces encendidas.

Tomás dudó unos segundos, pero algo dentro de él le dijo que debía acercarse.

Tocó la puerta con timidez.

—¿Hola? —dijo, apenas audible—. ¿Todo está bien?

El silencio duró un instante eterno, hasta que la puerta se abrió lentamente.

Detrás apareció una mujer mayor, de unos setenta años, con el cabello blanco recogido en un moño imperfecto y unos ojos sorprendentemente vivos.

—Joven… —dijo con una sonrisa suave—. ¿Te asustó el ruido?

Tomás tragó saliva.
—Escuché que algo cayó. Pensé que quizás… necesitaba ayuda.

La mujer se rió muy despacio.
—Ay, hijo… no cayó nada grave. Solo soy yo que sigo creyendo que puedo subir a una silla sin perder el equilibrio.

Tomás sonrió por primera vez en mucho tiempo.

—Si quiere, puedo ayudarle —ofreció sin pensarlo.

Ella abrió la puerta un poco más.
—Pasa. Me vendría bien una mano.


La casa, por dentro, era tan cálida como desde afuera. Había muebles antiguos, estantes llenos de libros gastados y una mesa repleta de papeles, tazas de té y artefactos viejos que parecían tener historias propias.

—Me llamo Elena —dijo la mujer—. Aunque hace años que la mayoría me dice “Doña”.

—Yo soy Tomás —respondió, algo nervioso.

Elena señaló la lámpara rota en el suelo.
—Intenté cambiarle el foco. Olvidé que ya no tengo veinte años.

Tomás la recogió, revisó el cableado y la volvió a colocar sin esfuerzo. La mujer lo observaba con una mezcla de curiosidad y ternura.

—Gracias, hijo. Es raro que alguien toque a mi puerta a estas horas por una simple caída.

—La vi muchas veces con las luces encendidas —comentó Tomás sin pensarlo—. Me llamó la atención.

Elena asintió lentamente.
—Mantengo las luces así porque no me gusta la oscuridad. No es por miedo… es por costumbre. La casa estuvo llena durante muchos años: mis hijos, mis nietos, mis vecinos. Siempre había ruido. Cuando se fueron, preferí dejar las luces como estaban, para no sentir que estoy sola.

Tomás escuchó en silencio.
Y por primera vez entendió por qué aquella casa le transmitía tanto:
no era la luz física… era la historia detrás de ella.

—¿Vive sola? —preguntó.

—Desde hace tres años —respondió Elena, sin tristeza—. Pero no es tan malo. Uno aprende a conversar con la memoria.

A Tomás le dolió esa frase, quizá porque él también llevaba tiempo haciéndolo.


Esa noche, antes de irse, Elena lo invitó a pasar cuando quisiera.

—No siempre tengo algo que ofrecer —advirtió—. Pero nunca falta té y conversación.

Tomás sonrió.
—Volveré.

Y cumplió su promesa.


Lo que comenzó como una visita ocasional se convirtió en un hábito. Tres veces a la semana, después del trabajo, Tomás pasaba por la casa de las luces encendidas. A veces arreglaba cosas que se dañaban. A veces solo compartía un té caliente y escuchaba historias de la vida de Elena: de sus hijos, de su difunto esposo, de las recetas que ya no preparaba porque “no tenía para quién cocinar”.

Con el tiempo, Tomás encontró en esa casa algo que nunca había tenido: compañía sin exigencias, conversaciones sinceras y un sentimiento profundo de pertenencia.

Y Elena encontró en Tomás lo que hacía años le faltaba: juventud, energía, alguien que escuchara sin prisa y llenara, aunque fuera un poco, la ausencia de su familia.


Un día, Tomás llegó más serio de lo normal. Se sentó en la mesa sin decir palabra. Elena lo miró con atención.

—Algo pesa en tus hombros, hijo. Dímelo —pidió con suavidad.

Tomás respiró hondo.
—Siento que no avanzo… que la vida me sobrepasa. A veces pienso que nací para repetir los mismos ciclos de pobreza y soledad.

Elena lo miró con ternura.
—Tomás… la vida no te está castigando. Solo te está preparando para ser fuerte. Y tú ya lo eres, aunque no lo veas.

Él bajó la mirada.
—No sé si tengo futuro.

Entonces Elena se levantó, fue a una repisa y sacó una cajita de madera.

—Quiero darte algo.

Dentro había una llave vieja.

—¿Para qué es? —preguntó Tomás.

—Es la llave de esta casa. Las luces no siempre podrán estar encendidas por mí. Pero si algún día necesitas un refugio, este lugar será tuyo también.

Tomás se quedó inmóvil, con un nudo en la garganta.

—No puedo aceptarla —susurró.

—Sí puedes —insistió ella—. Y debes hacerlo.


Los meses pasaron. La relación entre ambos se fortaleció como si se conocieran de toda la vida. Hasta que una tarde, Tomás llegó y encontró la casa a oscuras.

Golpeó la puerta.
Nada.
Golpeó de nuevo.
Silencio.

La puerta no estaba cerrada con llave. Entró… y encontró una nota sobre la mesa.

«Si estás leyendo esto, es porque mis luces se apagaron antes que tú regresarás. Gracias por acompañar mi soledad, hijo. La casa es tuya ahora. Enciéndela cuando la vida te oscurezca.»
—Elena.

Tomás lloró como no lo hacía desde niño.


Años después, la casa seguía siendo la casa de las luces encendidas.
Pero ahora por otra razón:
Porque Tomás la mantenía alumbrada para quien necesitara un refugio, igual que una vez él lo necesitó.

La casa ya no era solo un lugar.
Era un legado.
Un abrazo en forma de luz.
Una señal para los que caminan bajo la lluvia.

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