El reloj que nadie quiso reparar

En el fondo de una calle poco transitada había un pequeño taller olvidado por el tiempo. El letrero apenas se sostenía y el polvo cubría el escaparate. Dentro, rodeado de relojes antiguos, trabajaba Don Eusebio, un relojero de manos firmes y mirada cansada.

Cada tic-tac que sonaba en aquel lugar parecía marcar algo más que la hora: marcaba recuerdos.

Durante cuarenta años, Don Eusebio se dedicó a reparar relojes. No los modernos, sino los viejos, los que habían pasado de generación en generación. Decía que esos no solo medían el tiempo, sino que lo guardaban.

Un oficio que dejó de importar

Con el paso de los años, la gente dejó de visitar el taller. Los relojes se volvieron digitales, desechables, fáciles de reemplazar. Nadie quería reparar; todos preferían comprar uno nuevo.

Eusebio siguió abriendo cada mañana, aunque a veces pasaban días sin un solo cliente. No lo hacía por dinero. Lo hacía porque ese oficio era lo único que lo mantenía conectado con la vida después de la muerte de su esposa, ocurrida años atrás.

Desde entonces, el taller se convirtió en su refugio y en su manera de seguir adelante.

El reloj detenido

Una tarde, justo cuando pensaba cerrar antes de lo habitual, entró un muchacho con un reloj antiguo en la mano. Estaba rayado, la correa rota y las manecillas completamente detenidas.

—“Me dijeron que ya no sirve”, dijo el joven.
—“¿Quién te lo dijo?”, respondió Eusebio.
—“Todos”.

El reloj había pertenecido al abuelo del muchacho. Era lo único que conservaba de él. No quería uno nuevo. Quería ese.

Eusebio lo tomó con cuidado, como quien sostiene algo frágil y valioso. Lo observó en silencio y luego dijo:
—“No está muerto. Solo necesita tiempo”.

Reparar algo más que un reloj

El trabajo tomó varios días. No fue fácil. Algunas piezas ya no se fabricaban, y Eusebio tuvo que usar partes de otros relojes olvidados. Mientras trabajaba, recordó su propia vida, sus pérdidas, los momentos en que también se sintió detenido.

Cuando finalmente el reloj volvió a latir, Eusebio sonrió. No era una sonrisa grande, pero sí sincera.

El muchacho regresó y, al escuchar el tic-tac, se quedó en silencio. Sus ojos se llenaron de emoción.

—“Creí que ya no tenía arreglo”, dijo.
—“Muchas cosas parecen así”, respondió Eusebio.

Un nuevo comienzo

La historia del reloj se corrió por el barrio. Poco a poco, otras personas comenzaron a llegar con relojes antiguos, cada uno con su propia historia. El taller volvió a llenarse de sonidos, de conversaciones y de vida.

Eusebio no se hizo rico. No era lo que buscaba. Pero dejó de sentirse invisible.

Entendió que, aunque el mundo cambie, siempre habrá quien valore lo que se hace con paciencia, respeto y corazón.

Una reflexión final

Vivimos en una época que descarta rápido lo que se rompe: objetos, relaciones, incluso personas. Pero no todo lo que se detiene está perdido.

Algunas cosas solo necesitan:
tiempo,
cuidado,
y a alguien que no se rinda con facilidad.

Como los relojes antiguos.
Como las personas.

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