El reloj que detenía la lluvia

En lo alto de una colina que siempre olía a madera mojada y hojas recién cortadas, existía una pequeña tienda de antigüedades. Para la mayoría de los habitantes del pueblo, aquel lugar no era más que un cuarto polvoriento lleno de objetos viejos que nadie necesitaba. Pero para quienes tenían imaginación, para quienes todavía creían que el tiempo y la memoria podían guardarse dentro de un objeto, esa tienda era un templo.

El dueño se llamaba Mr. Armand, un hombre mayor de manos delgadas, barba blanca y ojos que parecían reflejar todas las tormentas del mundo. Nadie sabía su edad exacta, ni si realmente vivía allí o simplemente aparecía cuando alguien cruzaba la puerta. Cada vez que el pueblo hablaba de él, las historias eran completamente diferentes: algunos juraban que había sido relojero en París; otros que fue mago, y los más supersticiosos aseguraban que trabajaba para la muerte misma, arreglando relojes que decidían cuánto tiempo le quedaba a cada persona. Armand nunca negaba nada, pero tampoco confirmaba.

Una tarde, cuando las nubes cargaban un gris espeso, Lucía, una joven de cabello oscuro y mirada curiosa, decidió refugiarse en la tienda antes de que comenzara a llover. Tenía apenas diecisiete años y un espíritu inquieto que la hacía preguntar demasiado y dormir poco. Entró empujando la puerta con suavidad, y un sonido agudo de campanillas anunció su llegada.

—Ah… has llegado antes de la lluvia —dijo Armand sin alzar la vista de un reloj de bolsillo que estaba reparando.

Lucía frunció el ceño.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque siempre lo hacen —respondió él con una tranquilidad casi irritante—. Las personas que vienen buscando respuestas llegan antes de que el mundo se moje.

Lucía no entendió la frase, pero tampoco la cuestionó. La tienda estaba llena de relojes: de pared, de péndulo, de bolsillo, de cuerda, de arena… Todos sonaban diferente, todos marcaban horas que parecían pertenecer a mundos distintos. Había también fotografías en blanco y negro, cartas, espejos ovalados, muñecas de porcelana y libros tan viejos que parecían respirar polvo.

—¿Busca algo en particular? —preguntó Armand.

—No lo sé… —contestó Lucía mientras acariciaba un reloj de madera—. Vine a escapar del ruido del pueblo.

Armand sonrió apenas.

—El tiempo también puede hacer ruido, querida.

La joven iba a responder, pero algo la detuvo. En un rincón que casi no recibía luz, encontró un reloj de esfera azul y agujas de plata. No era grande ni pequeño, y sin embargo llamaba la atención de inmediato. Tenía un brillo sutil, casi lunar.

—Ese no pertenece a esta época —dijo Armand, que había seguido la dirección de su mirada.

—¿Qué tiene de especial?

Armand cerró el reloj de bolsillo que reparaba y se puso de pie lentamente, como si el peso de cien años cayera sobre él.

—Ese reloj no marca la hora —explicó—. Marca los recuerdos.

Lucía lo observó con desconfianza.

—¿Los recuerdos?

—Sí —asintió Armand—. El tiempo puede medirse en minutos o en días, pero también en lo que dejamos atrás. Ese reloj conserva lo último que alguien quiso que no se borrara.

La lluvia empezó a golpear el tejado. No era una lluvia suave: era fuerte, con truenos que parecían partir el cielo en dos. Lucía sintió un escalofrío, pero de esos que invitan a continuar.

—¿Y de quién era?

Armand soltó un suspiro.

—De una mujer que amó demasiado. Tanto que quiso detener la lluvia.

Lucía levantó el reloj con delicadeza. No pesaba nada, como si estuviera hecho de aire. Al tocarlo, las agujas se movieron repentinamente y un sonido profundo resonó en la tienda. No era tic tac: era como un latido.

El vidrio del reloj se empañó y, en cuestión de segundos, Lucía ya no estaba en la tienda. Seguía allí físicamente, pero su mente viajó a otro lugar. Se encontró en un jardín donde las flores estaban cubiertas de gotas de agua, y una mujer joven lloraba al pie de un árbol.

—El tiempo no cura —decía la mujer—. Solo archiva.

La visión desapareció tan rápido como había llegado.

Lucía soltó el reloj, respirando con dificultad.

—¿Qué fue eso?

—Un recuerdo atrapado —contestó Armand—. Cada vez que alguien lo abre, revive un fragmento de la vida de su dueña. Pero cuidado: los recuerdos ajenos pueden volverse propios si no sabes cuándo cerrar el reloj.


Durante semanas enteras, Lucía volvió a la tienda cada tarde, incluso cuando no llovía. Estaba obsesionada con el reloj y con las visiones que le mostraba. Supo que la dueña se llamaba Aurelia, una pianista que había vivido en el pueblo antes de que existiera el río que ahora lo atravesaba. Vio cómo Aurelia se enamoraba, cómo tocaba melodías que hacían vibrar los cristales y cómo el tiempo parecía detenerse cuando ella sonreía.

Pero también vio su tragedia: Aurelia llorando bajo tormentas que no daban tregua, abrazada a un hombre que ya no parecía reconocerla. Un amor que envejeció antes de tiempo.

Lucía empezó a sentir que Aurelia le hablaba, que le pedía algo. Cada recuerdo era más intenso, más real, más emocional.

Una tarde, cuando la lluvia era tan fuerte que parecía que el pueblo entero se hundiría en agua, Lucía abrió el reloj por última vez. Esta vez no vio jardines ni pianos ni lágrimas. Vio un puente, y Aurelia parada al borde, sosteniendo el reloj con ambas manos.

—Si este reloj sigue existiendo —dijo la mujer con voz temblorosa—, él jamás me olvidará… y yo jamás podré dejar de amarlo.

Lucía quiso alcanzarla, pero su cuerpo no respondió. El recuerdo corría demasiado rápido, como si fuera el final de una película que ya no podía pausarse.

Aurelia soltó el reloj. La lluvia se detuvo en el aire, suspendida como cristales diminutos. El mundo quedó mudo. Y entonces, el recuerdo desapareció.

Lucía cerró los ojos. Cuando los abrió, estaba de vuelta en la tienda.

—Ahora entiendes —murmuró Armand.

—¿Qué pasó con ella?

—Lo mismo que con todos los que aman más de lo que la vida les permite.

El reloj se quedó sobre el mostrador como un pez recién sacado del río, brillante todavía, pero a punto de dejar de respirar. Las agujas se habían detenido. Lucía nunca había visto un objeto tan quieto; no era el silencio normal de un reloj que simplemente se queda sin cuerda, era un silencio que parecía contener la última frase de alguien que no alcanzó a hablar.

—¿Qué significa que ya no se mueva? —preguntó Lucía, con un hilo de voz.

Armand apoyó ambas manos sobre el mostrador.

—Significa que llegaste al final del recuerdo —dijo—. Y ahora debes decidir qué hacer con él.

Lucía sintió que el aire se hacía más pesado, como si la tienda hubiera cambiado de forma sin que ella lo notara. Todo estaba igual, y sin embargo nada lo estaba. Desde que había abierto ese reloj por primera vez, sentía que Aurelia caminaba con ella, que su dolor se mezclaba con su propia tristeza.

Porque Lucía también amaba, aunque nadie lo supiera. Amaba en secreto a un muchacho llamado Elías, con el que alguna vez compartió noches mirando las estrellas y tardes leyendo poemas en voz baja. Pero Elías se había marchado meses atrás, diciendo que el pueblo le quedaba pequeño, que los sueños necesitaban espacio para crecer. Ella le creyó. Le sonrió incluso mientras su corazón se hacía un agujero imposible de llenar.

Ese día, tomando el reloj entre los dedos, Lucía entendió algo que al principio la asustó: el amor no siempre se perdía; a veces se quedaba suspendido.

—¿Qué fue realmente lo que quiso Aurelia? —preguntó de pronto.

Una risa leve escapó de los labios de Armand.

—Quiso detener la lluvia —respondió.

—¿Por qué la lluvia?

—Porque la lluvia era el momento en que él la olvidaba. Ese hombre… cada tormenta se llevaba un pedazo de su memoria. Lo amó tanto que deseó que jamás lloviera, aunque eso significara que el tiempo dejara de avanzar.

Lucía bajó la mirada hacia el reloj. Le pareció que el cristal reflejaba gotas que no estaban allí.

—¿Entonces se sacrificó?

—Todos nos sacrificamos por alguien —dijo Armand—. La diferencia es que algunos lo hacen en silencio, y otros lo hacen dejando un objeto encargado de recordarlo todo.


La tormenta de ese día duró hasta la medianoche. El pueblo entero quedó empapado y oscuro, como si la lluvia hubiera pintado las casas con un pincel húmedo. Lucía caminó hacia su casa con el reloj guardado dentro de su chaqueta. No sabía si Armand se lo había vendido, regalado o si simplemente lo había dejado tomarlo. La tienda no funcionaba bajo las leyes del comercio común.

Cuando llegó, su madre dormía. Encendió una lámpara pequeña y se sentó sobre su cama, observando el reloj bajo la luz amarillenta. El cristal volvió a empañarse, y la joven sintió que Aurelia estaba a punto de hablarle otra vez, pero no abrió la tapa. No esa noche.

No estaba lista para conocer un final que podía doler más que el propio.


Los días siguientes fueron silenciosos. La lluvia desapareció por completo. Era extraño, casi antinatural. Los campesinos empezaron a inquietarse porque sus cosechas necesitaban agua. El río bajó más lento, como si también supiera guardar respeto a los muertos. Y los ancianos murmuraban que la última vez que había pasado algo así fue hace décadas, cuando Aurelia todavía estaba viva.

Lucía intentó convencerse de que todo era coincidencia, pero las coincidencias a veces pesan tanto como las verdades.

Una tarde, mientras preparaba té, un golpe en la puerta la sobresaltó. Se secó las manos y abrió. Allí estaba Elías, mojado hasta los huesos, como si hubiera llovido solo para él.

—No sabía si ibas a abrir —dijo con una sonrisa tímida.

Lucía sintió que algo dentro de ella se encendía y se rompía al mismo tiempo.

—Yo tampoco sabía si ibas a volver —respondió.

Él bajó la mirada.

—No quería irme para siempre… solo necesitaba ver si lo que quería estaba aquí o allá.

Lucía respiró hondo, tratando de mantener la voz firme.

—¿Y qué descubriste?

—Que no hay lugar en el mundo que haga lo que tú haces con mi tiempo.

El reloj dentro del bolsillo pareció despertar. Las agujas vibraron ligeramente, aunque no llegaron a moverse. Lucía sintió la presencia de Aurelia, como si estuviera sentada en el borde de la cama, mirando la escena con ojos empapados.

—Pasa —dijo ella, apartándose.

Elías entró, tiritando. Lucía le ofreció una toalla, y mientras se secaba, el sonido de algo metálico cayendo al suelo los interrumpió. El reloj.

—¿Qué es eso? —preguntó él.

Lucía lo levantó con cuidado.

—Una historia ajena… pero que empieza a sentirse mía.

Elías la observó con curiosidad y algo de miedo.

—¿Puedo verlo?

Lucía dudó. Después asintió.

Abrió el reloj.


No hubo jardín ni puente. Esta vez había un salón lleno de espejos. Muchos. Aurelia estaba en el centro, vestida de azul, con las manos entrelazadas. La lluvia afuera golpeaba los ventanales como si quisiera escapar de sí misma. Frente a ella había un hombre de ojos verdes, cansados, que la miraba con una mezcla de amor y pena.

—No puedo recordarte cuando llueve —dijo él.

Aurelia sonrió con una dulzura triste.

—Entonces haré que el cielo me recuerde a mí.

Los espejos empezaron a empañarse, uno por uno, como si respiraran.

Elías dio un paso atrás. Lucía sintió que el recuerdo quería tragárselos. Cerró la tapa de golpe y el salón desapareció.

Ambos quedaron en silencio, respirando rápido.

—¿Qué fue eso? —susurró él.

—El pasado de alguien que amó demasiado —respondió Lucía—. Y que decidió detener el mundo para que su amor no se perdiera.

Elías se acercó más, como si el reloj lo atrajera.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Qué harías tú?

Lucía levantó la vista. Sus ojos brillaban como vidrio humedecido.

—Yo… lo dejaría ir —dijo—. Porque si algo necesita detener el tiempo para sobrevivir, entonces ya está muerto.

El reloj empezó a girar solo. Las agujas se movieron hacia atrás. La lámpara parpadeó. Y por primera vez desde que Aurelia soltó el reloj en el puente, empezó a llover.

Pero no una lluvia cualquiera: era fina, serena, casi musical.

Lucía abrió la tapa sin miedo. El último recuerdo llegó.


Aurelia caminaba sobre el puente otra vez, pero esta vez no estaba llorando. Sonreía. El hombre de los ojos verdes la alcanzó bajo la lluvia. La abrazó con una ternura que no sabía de finales. Ella le entregó el reloj.

—Cuando la lluvia vuelva —dijo Aurelia—, me recordarás.

El hombre la besó en la frente y respondió:

—Y cuando ya no llueva…

—Serás libre —terminó ella.

Soltó las manos. Las gotas comenzaron a caer del cielo como si el tiempo hubiera sido liberado de un pacto antiguo. Aurelia desapareció lentamente entre la neblina, no como quien muere, sino como quien vuelve a casa.


El reloj dejó de latir.

Lucía cerró la tapa con suavidad y miró a Elías.

—Ella no quiso detener la lluvia —dijo—. Quiso aprender a despedirse.

Elías tomó las manos de Lucía con una fuerza cálida.

—Yo no quiero despedirme —murmuró.

—Entonces quédate —respondió ella.

La lluvia siguió cayendo horas enteras, empapando techos, calles y corazones, pero no era triste; era una lluvia que limpiaba. Que archivaba. Que dejaba que el tiempo avanzara sin perder lo que fue importante.

Al día siguiente, la tienda de Armand ya no estaba. En su lugar había un terreno vacío y húmedo. Nadie en el pueblo parecía recordar que alguna vez existió una tienda allí. Solo Lucía, que ahora guardaba el reloj en una caja de madera, junto a una carta que escribió años después:

“Cuando la lluvia vuelva, recordaré.”

Y lo hizo.

Siempre.

FIN

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