El peso de la banda presidencial de venezuela

Cuando colocaron la banda sobre sus hombros, sintió algo más que tela. Sintió el peso invisible de millones de miradas, de esperanzas rotas y de promesas que no admitían errores.

Nadie en el salón lo notó, pero por un segundo cerró los ojos.

No para celebrar.
Para recordar.

Antes del poder

Mucho antes de los discursos, de las cámaras y de los aplausos, fue solo un hombre común. Caminaba por calles llenas de contrastes, escuchaba a la gente hablar con rabia, con miedo, con cansancio. Aprendió temprano que gobernar no era mandar, sino cargar.

Cargar con decisiones impopulares.
Cargar con silencios.
Cargar con consecuencias.

En aquellos años, creía que el cambio era rápido, casi inmediato. Pensaba que bastaba con voluntad. Con el tiempo entendió que los países no se mueven como piezas de ajedrez, sino como mares agitados.

El primer día real

El primer día después de asumir, despertó antes del amanecer. No había periodistas. No había discursos. Solo él, una taza de café frío y una lista interminable de problemas.

Leyó informes hasta que las palabras comenzaron a mezclarse. Cada página hablaba de urgencias distintas, todas importantes, todas imposibles de resolver al mismo tiempo.

Ese día comprendió algo que nadie le había dicho:
no existen decisiones perfectas, solo decisiones necesarias.

La soledad del cargo

Con el paso de los meses, el círculo se hizo más pequeño. Las voces se volvieron más cuidadosas. Las conversaciones más estratégicas. La confianza, más escasa.

Descubrió que el poder no grita; susurra. Y que la soledad no llega por falta de gente, sino por exceso de responsabilidad.

A veces caminaba por los pasillos del palacio cuando ya no quedaba nadie. Se detenía frente a los retratos de antiguos líderes y se preguntaba cuántas dudas habrían escondido detrás de sus gestos firmes.

Un momento inesperado

Una tarde, durante una visita fuera del protocolo, se encontró con una mujer mayor sentada frente a una casa deteriorada. No lo reconoció. Le habló como a cualquier desconocido.

—“Aquí seguimos”, dijo ella. “No esperando milagros. Solo que no se olviden de nosotros”.

Esa frase lo acompañó durante días.

No pedía promesas.
No pedía discursos.
Pedía memoria.

Gobernar también es resistir

Con el tiempo entendió que liderar un país no siempre es avanzar. A veces es sostener. Evitar que todo se rompa al mismo tiempo. Tomar decisiones que no traen aplausos, pero evitan silencios más dolorosos.

Aprendió que la historia no se escribe solo con victorias visibles, sino con errores reconocidos y responsabilidades asumidas.

Una reflexión final

El poder cambia a las personas, pero no siempre como se cree. A algunos les endurece el corazón. A otros, les recuerda cada día lo frágil que es el equilibrio entre gobernar y escuchar.

Porque al final, ningún presidente gobierna solo un país.
Gobierna expectativas.
Gobierna heridas.
Gobierna el tiempo que le toca vivir.

Y aunque la banda se retire algún día, el peso de las decisiones —esas— permanece para siempre.

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