El hijo del relojero

El taller del relojero quedaba en una esquina donde el tiempo parecía avanzar diferente. No porque fuera más lento ni más rápido, sino porque allí el tiempo tenía peso. Los minutos se oían en forma de engranajes, las horas se medían con campanadas y los días se sentían en el olor a aceite y metal que nunca se iba de las manos de Don Julián.

Su hijo, Tomás, creció respirando ese aroma, escuchando relojes y jugando con piezas que a otros niños les hubieran parecido basura. Mientras los demás coleccionaban canicas o figuritas, él acumulaba tornillos diminutos y resortes que guardaba como si fuesen tesoros.

—El tiempo no se pierde —decía Don Julián mientras trabajaba—. Se transforma.

Tomás no entendía la frase, pero la repetía. Quizá porque cuando uno es niño, las palabras del padre tienen el peso de una ley.

I

A los diez años, Tomás ya sabía desarmar un reloj de bolsillo. A los doce, era capaz de repararlo. A los quince, descubrió algo más inquietante: había relojes que no querían ser arreglados.

—Algunos mecanismos se dañan porque el dueño dejó de creer en ellos —explicó Don Julián—. Los relojes sienten cuando ya no son importantes.

Tomás se rió la primera vez que lo oyó. Le pareció una fantasía de adulto cansado. Pero con el tiempo, dejó de hacerlo.

Había relojes que llegaban al taller brillantes, casi nuevos, pero detenidos. Otros llegaban rotos, con la esfera rajada, pero eran los más insistentes en volver a latir. Tomás aprendió a reconocerlos por el tacto, como quien distingue un corazón enfermo del sano.

La gente del barrio decía que Don Julián tenía un don. Que no solo reparaba relojes: reparaba vidas. Las viudas que perdían al marido traían sus relojes para sentirlos cerca un rato más; padres desesperados traían el reloj que dejaron de usar cuando el hijo se fue de casa; novios rompían la esfera al discutir y luego volvían avergonzados a pedirle que la arreglara.

El taller guardaba historias que nadie contaba, pero que los relojes parecían recordar.

II

Tomás creció con la certeza de que su destino estaba marcado. Sin embargo, el tiempo suele trazar caminos paralelos que uno no ve hasta que chocan.

Un día, llegó al taller un cliente distinto. No venía del barrio ni hablaba como la gente del puerto. Llevaba traje, un reloj de oro y una urgencia que no sabía disimular.

—Necesito que lo arregle —dijo, dejando el reloj sobre la mesa sin quitarse los guantes.

—Todos los relojes se pueden arreglar —respondió Don Julián con calma.

—Lo quiero para esta noche.

Don Julián lo miró sin hablar. El relojero nunca trabajaba con prisa. Para él, la urgencia era enemiga del oficio. Pero aquel hombre tenía algo en la mirada: una mezcla de miedo y ambición.

—Lo intentaré.

Mientras el padre examinaba el mecanismo, Tomás observaba. El reloj tenía un engranaje roto que parecía imposible de reemplazar.

—¿Por qué tanta prisa? —preguntó Tomás, rompiendo la regla tácita del taller: nunca hacer preguntas personales.

—Porque esta noche se decide mi futuro —dijo el hombre—. Y no quiero llegar tarde.

Tomás no insistió. Pero la frase lo acompañó durante días. Nunca imaginó que una frase así pudiera cambiarle la vida.

III

El reloj quedó listo. El hombre pagó dos veces el precio, agradeció y se fue. A la semana regresó, no para reparar, sino para ofrecer algo distinto.

—El muchacho tiene talento —dijo señalando a Tomás—. ¿Ha considerado darle un futuro mejor?

Don Julián sintió la frase como un insulto disfrazado.

—El taller es un buen futuro —respondió sin levantar la voz.

—No lo dudo —dijo el hombre—. Pero el mundo es más grande que un reloj.

El hombre representaba una escuela de ingeniería en la capital. Buscaban jóvenes con habilidades mecánicas. Tomás podía entrar becado.

La propuesta cayó en la mesa como un reloj que deja de latir. Nadie habló durante días.

Tomás no sabía qué quería. Creía saberlo, pero cuando uno tiene diecisiete años, es difícil distinguir entre destino y costumbre.

IV

Finalmente decidió ir.

El taller se quedó más silencioso después de su partida. Los relojes seguían sonando, pero parecía faltar algo. Don Julián trabajaba más despacio y cerraba antes de lo habitual.

Tomás se adaptó a la ciudad. Aprendió sobre máquinas más complejas que cualquier reloj. Aprendió fórmulas, planos, cálculos. Descubrió que el mundo efectivamente era más grande que un taller, pero también más frío, más ruidoso y menos paciente.

Lo que más extrañaba era el sonido. No el ruido caótico de la ciudad, sino el tic tac que marcaba el paso del tiempo de forma ordenada, casi pacífica.

V

Pasaron tres años. Tomás se graduó con honores y recibió ofertas de trabajo que parecían imposibles para un muchacho que había crecido en un taller.

No volvió al barrio. No por falta de amor, sino porque el trabajo le exigía vivir como si el pasado fuera un obstáculo. Las cartas que enviaba eran esporádicas. Las respuestas de su padre, aún más.

Hasta que una mañana, llegó un telegrama.

“Julián enfermo. Regresa.”

Tomás no pensó. Simplemente tomó un tren.

VI

El taller estaba cerrado cuando llegó. Al entrar, el olor a aceite y metal lo golpeó como una memoria que había estado esperando en silencio. La mesa estaba llena de relojes desarmados, algunos a medio reparar.

Don Julián lo recibió sentado en una silla, con un paquete envuelto en tela.

—Creí que tardarías más —dijo con voz débil.

—Tu telegrama no me dejó opción —respondió Tomás.

—El tiempo nunca deja opción —sonrió el padre.

El paquete contenía un reloj sin terminar. No era un reloj cualquiera. Era una pieza compleja, con engranajes artesanales, metales mezclados y una serie de dígitos inscritos a mano.

—Es mi último trabajo —dijo—. Quiero que lo termines tú.

Tomás no entendió lo que significaba hasta que vio la esfera: no había números, solo cuatro palabras grabadas.

“Para lo que venga.”

VII

Don Julián murió una semana después.

El barrio lo despidió como se despide a alguien que nunca se fue del lugar al que pertenecía. No hubo flores caras ni discursos elaborados. La gente trajo relojes. Relojes que él había arreglado. Relojes que habían sobrevivido a guerras, viajes, divorcios, nacimientos y duelos.

Cada tic tac parecía una oración.

Pero el duelo más profundo ocurrió en silencio, cuando Tomás regresó al taller vacío.

Se sentó frente al reloj que le había dejado su padre y comprendió que no era solo un trabajo pendiente: era un legado.

Le tomó meses terminarlo. No porque fuera difícil, sino porque cada pieza le recordaba algo. A veces se detenía a escuchar el viento entrar por la ventana. A veces cerraba el taller y se marchaba a caminar sin destino. Era un duelo hecho de pasos y engranajes.

Cuando finalmente terminó, el reloj empezó a latir. No marcaba las horas como los demás. Marcaba algo distinto: marcaba el ritmo del dolor curándose.

VIII

Tomás tenía dos caminos: vender el taller o continuar.

Las ofertas llegaron rápido. El barrio estaba en transformación. Querían levantar edificios, comercios, oficinas. El taller ocupaba una esquina codiciada.

Pero había algo que ni el dinero ni la ciudad podían ofrecer: el oficio que él había heredado.

Así que decidió quedarse.

Reabrió el taller bajo un nuevo nombre:

“El hijo del relojero.”

La gente volvió. No por nostalgia, sino porque los relojes seguían rompiéndose, porque el tiempo no se detiene para nadie, porque todos en algún momento necesitan que algo vuelva a funcionar.

Con los años, Tomás entendió la frase que su padre repetía:

“El tiempo no se pierde. Se transforma.”

La vida no le devolvió a Don Julián, pero transformó la pena en oficio, el legado en destino y el taller en futuro.

IX — Epílogo

Décadas después, un niño se acercó al mostrador con un reloj que no funcionaba.

—¿Crees que puedas arreglarlo? —preguntó.

Tomás sonrió.

—Todos los relojes se pueden arreglar. Algunos solo necesitan tiempo.

El niño lo miró como Tomás miró una vez a su padre: con la mezcla perfecta de curiosidad e incredulidad.

Y mientras el tic tac llenaba el taller, Tomás comprendió que había cerrado un círculo sin darse cuenta.

Al final, el oficio no era reparar relojes.

Era enseñarle a la gente que el tiempo, aun cuando parece roto, siempre encuentra la forma de seguir.

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