Cuando Se Abran Las Ventanas” — Historia de Amor
Capítulo 1 — El ruido del mundo
El día que Daniela llegó a la ciudad, el verano estaba rompiéndose en mil pedazos sobre las calles. Los autos parecían hormigas nerviosas, la gente caminaba rápido sin levantar la mirada y los edificios parecían estar cansados de sostener tanto cielo encima. Daniela venía de un lugar donde el tiempo no se medía por semáforos, sino por gallos, por lluvias y por el olor a café recién colado.
Traía una maleta pequeña, una libreta roja llena de poemas sin terminar y una carta que decía “Felicitaciones, ha sido aceptada en el programa de literatura contemporánea de la Universidad Central”.
Tenía 19 años y el corazón lleno de preguntas. Su madre, antes de despedirla, le dijo una frase que ella no supo descifrar hasta mucho después:
—La ciudad te va a enseñar a querer distinto. No mejor ni peor. Distinto.
A veces las madres dicen cosas que solo se entienden años después.
Daniela caminó por la avenida principal intentando fingir que no tenía miedo. Buscaba la residencia estudiantil, un edificio viejo pintado de verde y blanco. Cuando por fin lo encontró, subió tres pisos cargando la maleta con la determinación de quien todavía no sabe cuánto duelen los sueños cuando empiezan a hacerse realidad.
Al abrirse la puerta del tercer piso, se encontró con ruido. Música. Voces. Risas. Vasos chocando. Bienvenida a la vida universitaria.
Ahí fue cuando lo vio por primera vez.
No fue cinematográfico. No hubo cámara lenta ni música romántica. Lo vio parado en el pasillo, apoyado contra una pared mientras reía con otros. Tenía una camiseta gris, manos grandes, cabello desordenado y esos ojos oscuros que parecían mirar el mundo como si estuviera lleno de secretos. Se llamaba Sebastián.
Daniela no cruzó palabra con él ese día. Solo lo observó de lejos. Nadie le dijo entonces que a veces el amor entra así: sin anunciarse y sin pedir permiso.
Capítulo 2 — Las primeras grietas
Los primeros días en la residencia fueron una mezcla de caos y descubrimiento. Daniela aprendió que la ciudad tenía ritmo propio: rápido, ruidoso, impersonal. A veces se encerraba en su cuarto a escribir y otras veces se perdía en la biblioteca. No tenía muchos amigos, solo una compañera llamada Luciana que estudiaba psicología y se reía fuerte incluso cuando nada era gracioso.
Sebastián era completamente diferente. Tenía 21 años y estudiaba arquitectura. Era sociable, tenía amigos por todas partes y parecía no temerle nada. Daniela lo veía desde el pasillo o desde el comedor. Nunca hablaban. Pero él la veía también, como si de alguna manera supiera que ella estaba intentando entender el mundo desde adentro.
La primera conversación ocurrió una tarde lluviosa. La ciudad estaba gris y la lluvia golpeaba las ventanas como si quisiera entrar a la fuerza. Daniela estaba sentada en las escaleras con su libreta roja cuando Sebastián bajó con una taza de café.
—¿Te molesta si me siento? —preguntó.
Daniela negó con la cabeza.
Sebastián señaló la libreta.
—¿Escribes?
Ella dudó antes de responder.
—Poemas. Cosas. No sé si cuentan.
—Todo lo que uno escribe cuenta —dijo él— aunque no lo muestre.
Fue una frase sencilla, pero Daniela la guardó como quien guarda una llave sin saber qué puerta abre.
Capítulo 3 — Las ventanas del corazón
Con el tiempo, comenzaron a hablar más. No eran conversaciones épicas ni románticas, sino pequeñas cosas: libros, ciudades, miedos, música.
Sebastián tenía una extraña obsesión con las ventanas. Decía que las ventanas son la parte más honesta de una casa porque muestran lo que la gente escoge ocultar y lo que deja ver.
—Las puertas son una decisión —explicaba—, pero las ventanas son instinto.
Daniela no entendía del todo, pero le gustaba escucharlo hablar así.
Un día, mientras caminaban por el campus, él le preguntó:
—¿Qué es lo que más te asusta?
Daniela respiró.
—No lograr lo que quiero hacer. No saber si lo que escribo vale la pena. Y… la soledad.
Sebastián sonrió.
—Todo el mundo tiene miedo de lo mismo. Solo que algunos lo disimulan mejor.
Lo que Daniela no sabía era que Sebastián también tenía sus ventanas oscuras. No hablaba de su familia, no hablaba de su padre y casi nunca hablaba del futuro. Era como si vivir en el presente fuera su forma de no enfrentar lo que venía después.
Aun así, algo entre ambos comenzó a crecer. No era pasión inmediata ni deseo urgente. Era algo más lento y peligroso: intimidad.
La intimidad es donde empieza el amor de verdad.Capítulo 4 — El hilo invisible
Con el pasar de los meses, el mundo de Daniela empezó a llenarse de detalles que antes no existían. Aprendió a escuchar la ciudad en la noche, cuando el ruido se apagaba y quedaba solo el eco distante de los autos, como si la ciudad tuviera sus propios latidos. Aprendió que el amor, cuando empieza, no hace ruido; apenas es un hilo invisible que se va enredando en las rutinas.
Sebastián y ella no eran pareja. No se tomaban de la mano. No se buscaban a propósito. Pero coincidían. Y en las coincidencias hay magia.
Coincidían en el comedor cuando servían arroz con pollo. En la lavandería cuando nadie más bajaba. En la biblioteca en la sección de autores latinoamericanos. Coincidían hasta en los silencios. Y los silencios entre dos personas que se gustan tienen un lenguaje propio.
Luciana, la compañera de cuarto de Daniela, fue la primera en notarlo.
—Se te iluminan los ojos cuando él aparece —le dijo una noche mientras se pintaba las uñas—. Dícelo o haz algo porque si no lo haces tú, lo hará alguien más.
Daniela se quedó callada. No sabía si quería decirlo. A veces el miedo a perder lo que no se tiene es más fuerte que el deseo de tenerlo.
Capítulo 5 — Las fotografías y la lluvia
Sebastián tenía un pasatiempo extraño: fotografiaba ventanas. No personas. No paisajes. Ventanas.
Tenía un archivo en su computadora lleno de fotos de casas con ventanas abiertas, cerradas, empañadas, viejas, rotas, con cortinas coloridas, con plantas asomadas. Cada ventana contaba una historia. Daniela nunca había visto nada igual.
—Las ventanas muestran cómo vive la gente —explicó—. Algunos abren para que entre luz. Otros para que salga el calor. Otros para escuchar. Otros para que alguien los escuche.
Daniela le preguntó entonces:
—¿Y tú para qué abrirías una ventana?
Sebastián se quedó pensando, como si la pregunta le doliera.
—Para no sentirme atrapado —respondió bajito.
Era la primera grieta que Daniela veía. Y cuando uno quiere, aprende a mirar las grietas de los demás sin asustarse.
Una tarde, mientras llovía, Sebastián la invitó a acompañarlo a caminar. Caminaban sin paraguas, riendo como niños empapados.
—¿Sabes qué es lo mejor de la lluvia? —dijo él.
—¿Qué?
—Que nadie puede ver si estás llorando.
Daniela no supo si lo decía como broma o como confesión. Lo único que supo fue que en ese momento quería tomarle la mano. No lo hizo.
Capítulo 6 — El peso del pasado
A finales del segundo semestre, todo cambió. El padre de Sebastián enfermó. Luciana fue quien lo contó.
—No sabías, ¿verdad? —preguntó mientras Daniela tomaba café.
Daniela negó con la cabeza.
—Su papá tuvo un accidente hace años. Desde entonces están… complicados. Casi no hablan.
Había cosas que Daniela no sabía. Sebastián se volvió más callado. Dejó de reír tanto. Dejó de buscar a la gente. Pero no dejó de buscarla a ella.
Una noche, lo encontró sentado en las escaleras de la residencia, mirando su celular sin expresión. Daniela se sentó a su lado sin preguntar nada.
—No sé cómo querer a mi papá —dijo él de pronto—. No sé si debo perdonarlo o si eso sería traicionarme a mí mismo.
Daniela lo escuchó. No trató de arreglarlo. No trató de decirle lo correcto. Solo apoyó su cabeza en su hombro. Y Sebastián dejó que se quedara ahí.
A veces el amor empieza cuando alguien no se va.
Capítulo 7 — La confesión no perfecta
El invierno llegó sin nieve, pero con viento frío. Una noche, después de estudiar, Sebastián le pidió caminar. Daniela se puso un abrigo y lo siguió.
—Tengo que preguntarte algo —dijo él mientras se detenían frente a la plaza.
Daniela lo miró, intentando no anticiparse.
—¿Qué seríamos si dejáramos de tener miedo?
Era la pregunta más bonita que alguien le había hecho nunca.
Daniela tragó saliva. Nunca había tenido tantas respuestas y tan pocas palabras.
—Seríamos nosotros —respondió.
—Quiero eso —dijo él.
No hubo beso en ese momento. No hubo abrazo romántico. Hubo algo más fuerte: la certeza.
Capítulo 8 — Aprender a amar
Comenzaron a salir juntos. No lo anunciaron. No lo contaron. No hubo etiquetas. La ciudad, que antes era ruido y prisa, se volvió escenario de descubrimientos lentos: cafeterías escondidas, librerías antiguas, parques donde se podían acostar a ver el cielo.
Daniela le leía poemas. Sebastián le mostraba ventanas antiguas. Él le enseñó a no temer al mundo. Ella le enseñó a no temer a sí mismo.
Pero amar no es solo cosas hermosas. Amar también es negociar con los fantasmas que vienen incluidos con cada persona. Y Sebastián tenía varios.
Hubo días grises. Hubo silencios duros. Hubo discusiones pequeñas que dolían más de lo que deberían. Pero también hubo frases como:
—No me dejes mientras aprendo…
Y
—No me sueltes mientras entiendo…
Capítulo 9 — Cuando se abren las ventanas
Para su cumpleaños número 20, Sebastián le hizo un regalo que Daniela nunca imaginó: un cuaderno azul lleno de fotografías de ventanas.
En la última página había una imagen distinta: una fotografía tomada desde afuera de la residencia universitaria, donde Daniela estaba sentada en el alféizar de su ventana escribiendo en su libreta roja.
Debajo había una frase escrita a mano:
“Esta es mi ventana favorita. Porque desde aquí aprendí que el futuro no siempre duele”.
Daniela lloró. Sebastián la abrazó. Y por primera vez, se besaron.
Fue un beso lento. No torpe, pero real. No perfecto, pero suficiente.
Capítulo 10 — El amor después del final feliz
Los amores felices no terminan cuando se declaran. Empiezan ahí.
Terminaron la universidad juntos. Sebastián se convirtió en arquitecto y abrió un estudio pequeño. Daniela publicó su primer libro de poemas, el mismo con la libreta roja que la acompañó desde el principio.
Vivieron en un apartamento con muchas ventanas. No porque fuera grande, sino porque había luz.
La primera vez que discutieron por algo serio, Daniela se encerró en la cocina y Sebastián en el balcón. Nadie se fue. Nadie gritó. Nadie dijo “esto no funciona”. Aprendieron que amar no es no pelear, es volver a elegir.
Cuando el padre de Sebastián mejoró, Daniela fue con él al hospital. Cuando la madre de Daniela enfermó, Sebastián la cuidó sin que nadie se lo pidiera.
Un día, mientras desayunaban, Daniela abrió la ventana del salón. La luz entró como quien bendice.
—¿Para qué abriste la ventana? —preguntó Sebastián con una sonrisa cansada.
Daniela lo miró y respondió:
—Para que no nos parezca que el mundo queda afuera.
Sebastián se levantó, la abrazó por detrás, apoyó su mentón en su hombro y dijo:
—Mientras se abran las ventanas, no hay finales. Solo capítulos.
Y así fue.