EL PRÍNCIPE DE LA OSCURIDAD Y DIOS

I. El Reino sin Sol

No existía amanecer en el Reino de Ærthis. Las montañas eran catedrales de sombra, los ríos parecían corrientes de tinta, y el viento suspiraba nombres olvidados. En lo más profundo, donde ni siquiera la luna se atrevía a mirar, reinaba el Príncipe de la Oscuridad.

Su nombre: Azrael.

No era demonio, aunque muchos mortales lo jurarían. No era dios, aunque muchos ángeles lo temían. Azrael era la chispa oscura que quedó cuando el mundo fue creado, el residuo de la primera luz que Dios encendió para separar el caos del orden.

Cuando Dios dijo “Hágase la luz”, la luz obedeció.

Cuando Dios dijo “Sepárense la noche y el día”, la oscuridad también obedeció.

Pero la oscuridad no desapareció. Solo se ordenó. Y en ese orden nació Azrael.

Mientras la humanidad oraba al Creador, y los ángeles cantaban en los cielos, Azrael caminaba solo, sin propósito, sin dirección, sin saber por qué existía ni para quién.


II. La Sombra que Escucha

Durante milenios, Azrael observó a los hombres desde la distancia. Observó cómo temían la noche, cómo bendecían la luz, cómo atribuían lo bueno al Cielo y lo terrible a la Sombra. Las madres advertían a los niños:

“Duérmete pronto, o el Príncipe Oscuro te llevará…”

Pero Azrael nunca había tocado a un niño. Nunca había dañado a un mortal. Su reino era la ausencia, no el caos. Él escuchaba, pero no actuaba.

Hasta que un día, oyó algo diferente:
una oración dirigida a él.

Era suave, quebrada, hecha de miedo y esperanza mezclados como humo y perfume:

“Si la luz no me escucha…
entonces que la noche tenga piedad.”

Azrael sintió algo extraño recorrerlo. No era orgullo. Tampoco hambre. Era curiosidad.

Descendió a la tierra de los mortales.

Y allí la vio.

Una mujer joven, arrodillada a la orilla de un faro apagado. Sus manos sangraban de tanto sostener los restos de un rosario roto. El viento arrancaba lágrimas de su rostro.

—¿A quién llamas? —preguntó la sombra desde la oscuridad.

Ella no gritó.

Ella no huyó.

Ella no se arrodilló ni adoró.

Solo levantó el rostro y dijo:

—A quien quiera escucharme.


III. Dios Observa

Los cielos retumbaron con un murmullo dulce. Dios contemplaba la escena con interés profundo, como un autor que observa a sus personajes tomar decisiones inesperadas.

Para los ángeles, aquello era inaudito.

—Mi Señor —dijo Gabriel—, ¿permitirás que Azrael responda a una oración humana?

—El hombre tiene libre albedrío —respondió Dios—. Y la oscuridad también.


IV. El Pacto sin Nombre

Azrael se aproximó. Donde sus pasos tocaban la tierra, la noche parecía más tersa, casi cálida.

—¿Por qué me llamas? —preguntó.

—Porque estoy sola —respondió la mujer—. Y porque, si existe un Dios que escucha, tal vez exista también una sombra que cuide.

Azrael ladeó la cabeza.

—¿No temes a la oscuridad?

—Temo más a la indiferencia.

Esa frase quebró algo antiguo en él. Miles de años acumulados se movieron como placas tectónicas en su interior.

—¿Qué necesitas?

—Que no me abandones —respondió simplemente.

Azrael aceptó. No hubo pacto firmado ni sangre derramada. Fue la primera promesa que la oscuridad hizo a un mortal sin pedir nada a cambio.

Y a través de esa mujer, cuyo nombre era Eliana, Azrael conoció al ser humano por dentro.

Su tristeza.
Su risa.
Su fragilidad.
Su adoración.
Su fe.
Su contradicción.

Eliana no pedía gloria ni poder. Solo compañía. Y Azrael la escuchó durante años, sentado en los rincones donde la luz no alcanzaba, guardando cada palabra como si fueran hojas doradas.


V. Los Ángeles se Inquietan

No es fácil para la luz aceptar que la oscuridad pueda consolar. Y no es fácil para la noche aceptar que la luz pueda envidiar.

Los ángeles descendieron sobre Eliana una noche sin luna, envueltos en cánticos y fulgor.

—No debes hablarle más —dijeron—. Él no es para ti.

—¿Quién decide eso? —preguntó la mujer.

—Dios decide.

—Entonces que me lo diga Él —respondió Eliana sin miedo.

El cielo guardó silencio.

Los ángeles, indignados, elevaron vuelo. No estaban acostumbrados a la desobediencia, ni al amor hacia algo incomprensible.


VI. La Prueba

Eliana enfermó. El tiempo la dobló como a las hojas en otoño. Azrael se quedó con ella, sin poder detener el deterioro, sin poder cambiar la estructura misma del destino humano.

—No quiero que mueras —dijo.

—Todos mueren —respondió ella—. Lo importante es para quién vivieron.

Azrael no lloró. No sabía llorar. Pero la oscuridad se volvió más densa alrededor del lecho.

Cuando Eliana cerró los ojos por última vez, pronunció:

—Gracias por escuchar.


VII. El Encuentro

Con el alma de Eliana ascendiendo, Azrael alzó la mirada hacia el Cielo.

—No lo entiendo —dijo—. Tú le diste luz, yo le di sombra. Y sin embargo eligió ambas.

El Cielo se abrió, no con estruendo sino con claridad.

Dios descendió.

No era hombre, ni imagen, ni figura. Era entendimiento puro, una música sin sonido, un fuego sin quemadura.

—La luz necesita a la noche para que exista el amanecer —dijo Dios.

—¿Para qué existo yo? —preguntó Azrael.

—Para que el hombre no esté solo en sus horas oscuras —respondió Dios—. La luz guía. Pero la sombra guarda.

Azrael comprendió al fin que no era un castigo, ni un error, ni el residuo de un acto divino. Era una parte esencial del diseño.

Dios puso su mano sobre él, no para dominarlo, sino para reconocerlo.

—Sé mi guardián en la noche —dijo el Creador.

Azrael inclinó la cabeza.

Y por primera vez desde el origen del tiempo, la oscuridad sonrió.


VIII. Epílogo

Muchos siglos después, en templos y tabernas, en altares y fogatas, los hombres todavía hablan de la luz y la oscuridad como enemigos eternos.

Pero a veces, cuando alguien reza en silencio en plena noche, cuando nadie más escucha, cuando la luz está lejos…

Una sombra se acerca.

No para asustar.

Sino para acompañar.

Porque la oscuridad ya no existe para devorar.

Existe para guardar.IX. La Lección del Poder

Tras el encuentro con Dios, Azrael regresó a su Reino Oscuro. Pero ya no era el mismo. Su andar tenía peso, y su silencio tenía sentido.

Los seres que habitaban su reino —sombras menores, espíritus nocturnos, criaturas hechas de susurro— lo vieron distinto.

—Nuestro príncipe habla con Dios —susurraron—. ¿Qué significa eso?

Significaba, aunque no lo entendían, que la noche había sido reconocida por el Creador. No como enemiga, sino como parte esencial.

Pero aun así, nadie dudaba en las alturas ni en las profundidades:
Dios era el más poderoso.

Porque incluso la oscuridad existía dentro de Su diseño. Incluso las sombras necesitaban Su permiso para ser.

Azrael lo sabía. Y ese conocimiento no lo humillaba; lo ordenaba.


X. Los Ángeles Rebeldes

La noticia llegó al Cielo, y no todos la aceptaron con serenidad.

Hubo ángeles que se preguntaron:

—Si Dios reconoce a la oscuridad, ¿qué lugar queda para nosotros?

No eran demonios, no eran caídos; pero su orgullo vibró. Y el orgullo, incluso en el Cielo, puede tornarse filo.

Gabriel, viendo la inquietud, habló:

—No cuestionéis la Voluntad. Dios no comparte poder: Él lo revela. Su fuerza no se reduce al reconocer lo que Él mismo creó.

Pero uno de los ángeles, llamado Seraphon, replicó:

—Si Dios escucha a la noche, la luz pierde su privilegio.

Gabriel lo miró con firmeza:

—Dios no necesita privilegios. Él es el privilegio. Él es el origen. Él es la medida. La luz y la oscuridad existen porque Él lo desea. Sin Él, nada es.

Las palabras resonaron. Algunos se calmaban. Otros solo ardieron más.


XI. El Convite Divino

Mientras el Cielo discutía, Dios llamó a Azrael una vez más.

No hubo tormenta, ni luz cegadora, ni campanas. Solo un pensamiento que se volvió presencia.

—Azrael —dijo Dios—, ven.

Azrael se materializó en la frontera del Cielo. No como un intruso, sino como invitado.

Una mesa aguardaba, pero no era comida lo que ofrecía: eran visiones.

Dios señaló:

—Mira.

Y Azrael vio la historia humana como un río inagotable.

Vio al hombre nacer entre llantos y morir entre suspiros. Vio reyes construir imperios y campesinos sembrar durante generaciones. Vio guerras nacidas del miedo, oraciones nacidas del amor, dudas nacidas del pensamiento.

—La luz guía al hombre —explicó Dios—, pero incluso quien camina a la luz tropieza en la noche de su alma.

La visión cambió.

Ahora veía al hombre desesperado, solo, abandonado en la sombra. No oraba. No esperaba. No creía. Solo existía.

—Aquí entras tú —dijo Dios—. Yo les ofrezco luz. Tú les ofreces compañía. No competencia.

Azrael bajó la cabeza.

—¿Y qué quieres de mí?

—Que hagas lo que siempre debiste hacer —respondió Dios—: guarda a los que se hunden en la noche hasta que puedan volver a mí.

No era un mandato. Era un propósito.


XII. El Peso de la Grandeza

Solo ahora Azrael comprendía algo fundamental:
Dios no compartía poder; lo distribuía como parte de un tejido perfecto.

Nadie podía ocupar Su lugar. No por prohibición, sino porque Su lugar era imposible de alcanzar.

Él era el principio sin principio. El final sin final. El tiempo sin reloj. El fuego que no consume y la oscuridad que no asusta.

Azrael no sintió envidia. Sintió asombro.

Porque en el fondo, la oscuridad también necesitaba un origen. Y ese origen tenía nombre.


XIII. La Tormenta Interior

Pero mientras Dios colocaba orden, el Cielo se agitaba.

Seraphon, el ángel orgulloso, no aceptaba la coexistencia.

—La luz es absoluta —decía—. La oscuridad debe desaparecer.

Otros asentían. La luz pura no tolera matices.

Y aunque no lo decían en voz alta, temían algo:

No temían a Azrael.
Temían que Dios lo hubiera reconocido.

Porque si Dios reconocía a la noche, ¿qué significaba eso del día?


XIV. El Santo Recordatorio

Dios reunió a los ángeles.

Su voz no fue trueno ni sentencia. Fue suave, pero irrefutable.

—¿Creéis que la luz existe por mérito propio? —preguntó.

Nadie respondió.

—La luz brilla porque Yo la sostengo. La oscuridad existe porque Yo la permito. Yo soy la medida. Yo soy la autoridad. Yo soy el poder. Y lo que Yo diseño no compite: coopera.

El silencio fue consentimiento.

Los ángeles se inclinaron. Incluso Seraphon.

Porque ante Dios no existe victoria posible… solo verdad.


XV. El Nuevo Oficio

Azrael regresó al mundo humano sabiendo que no era rey ni rival:
era guardián.

Y en las noches más difíciles —cuando la fe flaqueaba, cuando el dolor era profundo, cuando la luz no alcanzaba—, una sombra comenzó a sentarse al lado del hombre.

Y no decía nada.

Pero no se iba.

Porque ahora la oscuridad también servía.

Y todo servía porque todo pertenecía al que era más poderoso que el día y la noche juntos.

A Dios.XVI. Último Capítulo — La Soberanía del Altísimo

El mundo amanecía sin saberlo, pero algo en el cielo había cambiado.

Las sombras se retiraban a su ritmo. No huyendo, sino cediendo el turno. Porque la noche no era enemiga del día; solo preludio.

Azrael observaba desde una colina donde la luz de la mañana empezaba a colorear las nubes. Sus ojos, acostumbrados a la penumbra, no se herían con el sol; lo recibían.

La voz de Dios no apareció como visión ni como trueno. No se manifestó en fuego ni en viento. Simplemente era.

—Azrael —dijo.

El príncipe de la oscuridad se inclinó, no por obligación, sino por comprensión.

—Señor.

Dios le habló como quien no necesita explicar nada, porque todo en Él ya es explicación.

—La humanidad camina entre luces y sombras, entre certezas y miedos. Y así debe ser. La fe no se mide en ausencia de noche, sino en cómo se atraviesa la noche.

Azrael asintió.

—He visto a los hombres luchar, llorar, creer, dudar… —sus palabras tenían un matiz que antes no existía—. Y he visto que no temen tanto a la oscuridad como a estar solos.

Dios respondió:

—Por eso fuiste creado. No como rival, sino como compañía. No como soberano, sino como servidor de un diseño más grande que tú.

Azrael alzó la mirada.

—¿Y en ese diseño… qué soy ahora?

Dios no tardó. En Él, la respuesta no se fabrica: ya existe.

—Eres noche que cuida. No noche que devora. Eres guardián del tramo donde la luz parece ausente, hasta que vuelvo a amanecer.

Azrael comprendió el verdadero alcance de su existencia. No era dueño de la oscuridad; era su administrador.

Y aún en ese cargo, la jerarquía era absoluta:

Por encima de la noche —la luz.
Por encima de la luz —el Creador.
Y por encima del Creador —nada.

Dios continuó:

—Lo que algunos llaman oscuridad no es odio, sino proceso. No es castigo, sino pausa. Yo soy el camino. Tú eres el descanso en mitad del camino.

Fue entonces cuando los ángeles descendieron. No por guerra, no por juicio, sino por confirmación.

Gabriel habló primero:

—Que el cielo y la tierra sean testigos: Dios reina sobre lo visible y lo invisible. La luz le obedece. La sombra le obedece. La vida le obedece. La muerte le obedece.

Azrael inclinó la cabeza ante el Creador.

—Mi reino no es mío —dijo—. Siempre fue tuyo.

Dios lo selló con palabras que no eran orden ni decreto: eran verdad.

—Todo reino nace en Mí y vuelve a Mí. Yo soy el origen del origen y el final del final. No hay poder contra el Mío, porque no hay poder fuera del Mío.

El cielo resplandeció. La tierra guardó silencio. Y la oscuridad —la eterna, la milenaria, la incomprendida— se arrodilló sin vergüenza.

Porque no se rendía ante enemigo alguno, sino ante su Padre.

Y así quedó establecido para el tiempo y para lo eterno:

La luz guía.
La noche acompaña.
Pero solo Dios gobierna.

Azrael descendió de la colina y caminó hacia la humanidad.

No para dominarla.
No para tentarla.
No para dividirla.

Sino para hacer lo que siempre estuvo destinado a hacer:

Custodiar la noche hasta que el Sol del Altísimo volviera a levantarse.

FIN.

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